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Arabia y Los muertos

James Joyce nació el 2 de febrero de 1882, en un suburbio de Dublín. Dicen de su obra que a través de ella podría haberse reconstruido la Irlanda de finales del XIX. También dicen que estaba construida de ritos, juegos lingüísticos, religión y que su mundo era rico, a pesar de que fue un niño sin recursos, proveniente de una familia numerosa con un padre divertido e imaginativo pero algo borracho, y su experiencia vital imprimiría en él ese aire naturalista, de "dibujo preciso". Dublineses (Dubliners) fue publicada en 1914. Después, en la revista The Egoist, publicó Retrato del artista adolescente, que vería también la luz en libro en 1916. El Ulysses  se publicó en 1922 y a partir del año siguiente trabajó en Finnegans Wake, que publicó en 1939. Joyce escribió poesía, sin embargo no es innovadora. Su única obra de teatro fue Exiliados, algo más interesante, influida por Ibsen. Los dos cuentos comentados forman parte de la colección Dublineses que recurren de un modo u otro al recurso de la "epifanía" (como revelación) y a un aire naturalista en los que Dublín parece representarse de forma distinta en cada relato. A pesar de que todos son cuentos independientes, pueden leerse como pertenecientes a una obra unitaria, centrada, al igual que su obra maestra, en el viaje de búsqueda, aventura y regreso que se observaba en el Ulises griego y el de infancia, adolescencia, vida pública que se cierra con el último cuento, el comentado Los muertos. La producción literaria de Joyce determinó la literatura posterior, y su influencia se considera de las más importantes y es aún motivo de estudio.
 
     Y hasta aquí la introducción académica, fría, sosa, repetitiva que podemos encontrar sin rebuscar demasiado en la ingente bibliografía que este transgresor ha suscitado desde su intromisión en la historia de la literatura. Esta está extraída del compendio de Jordi Llovet . Pero qué poco tienen los relatos de Joyce de repetitivos, fríos, sosos o académicos. Aun siendo Arabia un relato con el mismo tema que el de otros tantos sobre el primer amor, Joyce consigue contarlo de una forma única en su universalidad. Esa es su fuerza. En su esencia, recupera la misma sensación que cada uno de nosotros podríamos haber experimentado cuando nos enamoramos por primera vez. ¿No es el primer amor siempre uno no correspondido, platónico, imprevisto? ¿No es insensato, imposible, frustrado, cándido? No hablo de aquel que quizás a veces llega a materializarse, sino de la primera llama que nos hace sentir ese algo desconocido en nosotros que pugna por salir a la luz. Finalmente lo hará pero en ese instante tan solo empieza a intuirse mientras juega con nosotros. Ese "lo imposible" no es en realidad el objeto de nuestro deseo (el amado o amada) sino nuestro propio deseo en sí mismo: aún la naturaleza no ha madurado el fruto lo suficiente como para que pueda abrirse y comerse saboreando la carne jugosa. Arabia es el relato de esa imposibilidad de amar todavía, obstáculo independiente de aquello a lo que amamos, porque ese altísimo muro está dentro de nosotros mismos: aún no hemos aprendido a amar. Algunos, no lo haremos nunca, pero entonces quizá ya no nos importe. Ese descubrimiento íntimo, primario e incipiente en el final de la niñez de nuestra imposibilidad de alcanzar aquello que empezamos a desear de forma débil pero arrolladora se subraya con el estilo intimista y precioso que Joyce usa en el texto y lo convierte, además, en uno de los relatos más entrañables del conjunto.
          
           "Al moverse ella, su vestido bailaba con su cuerpo y echaba a un lado y otro su trenza sedosa", dice el protagonista, de viva voz (en primera persona), que además nos cuenta cómo espía a su amada, con los ojos de un niño que está aprendiendo ya a mirar de otra forma. La sigue, la alcanza en su camino pero nunca se atreve a hablar con ella hasta que es ella la que da el primer paso. Intuimos entonces que quizá es mayor que él y "su imagen lo acompaña hasta los sitios más hostiles al amor" aunque "No sabía si llegaría o no a hablarle y si le hablaba, cómo le iba a comunicar mi confusa adoración". Es él mismo quien se sabe todavía inmaduro para ella, ¿cómo atreverse a confesarle su amor?: "Oh, amor! ¡Oh, amor!". Al final es ella quien se le acerca, aunque también se siente confusa. Él ve extasiado la "blanca curva de su cuello y el pelo iluminado que reposa allí". Ella le pregunta si irá a la feria de la Arabia, y él, entonces, formula su promesa. Desde ese momento, ese juramento (lo es para su voluntad) domina su pensamiento: a través de su cumplimiento sublima su interés. Y así es cuando se aparta de su niñez: "No tenía ninguna paciencia con el lado serio de la vida que ahora se interponía entre mi deseo y yo y me parecía un juego de niños, feo y monótono juego de niños". Ese compromiso con su amada le está convirtiendo en hombre. Y es entonces cuando empieza la frustración: el día preciso, el de la feria, su tío se retrasa, si no llega no podrá salir; espera, se sienta, escucha el tictac del reloj, observa a sus compañeros jugando, pero él ha crecido, ya no tienen para él ese atractivo antiguo, él tiene ahora otro interés: la imagina a ella en su casa, a la vista desde su ventana. Su tío llega entonces por fin y su tía lo comprende, le da el dinero para ir a la feria y sale. Quizás aún llegue a tiempo de encontrar algún puesto abierto para comprarle algo a su amada y cumplir su juramento, conseguir lo que desea. Sin embargo, al verse frente a ese jarrón de loza floreada, se da cuenta de su "vanidad". No está a su alcance pero ¿qué es lo que se le escapa entonces? ¿La porcelana o su amada? Guarda su dinero, se siente manipulado y ridículo. Sí, quizás, ahora la fruta ya está madura: solo cuando se ha sentido la ilusión del primer amor y la imposibilidad de satisfacer ese deseo,  empieza a desvanecerse la niñez.
 
         Con respecto a Los muertos, es también el relato de una frustración, en forma de novela corta y contado esta vez en omnisciente, con un estilo menos intimista en su forma aunque no en su profundidad narrativa, en el que ya se aprecia el juego con el yo interior que dará lugar al flujo de conciencia o al monólogo interior de la obra cumbre del autor. Se entrevé la nueva orientación que propondrá su escritura y marcará un hito en el cambio de paradigma literario. A la vez relato de lo que está dentro y fuera, desde el principio, tengo la sensación de que lo que Joyce me quiere contar no se narra, ni en sus descripciones ni en sus diálogos, que parecen en realidad un juego de espejos en el que lo que se muestra no es lo real, sino lo que está detrás, en lo que los protagonistas saben y nos ocultan. Y, efectivamente, esa es la sensación que permanece cuando llego al final y compruebo que todas esas reflexiones entre los personajes, las tías, la profesora compañera del protagonista Gabriel, el amigo bebedor inoportuno, su prima, nos llevan ante la constatación de una miseria, la del joven sobrino que se percata al observara a su esposa de que él, enamoradísimo de su mujer, solo le ha proporcionado una vida monótona y se impacienta por hacerle el amor, pero su sentimiento hacia ella nunca podrá compararse con el de un muerto que murió por fractura del alma, aquel que podría haber ocupado su lugar en la relación con su esposa.
 
      Así, en la fiesta de Navidad, muchos personajes hacen pocas cosas, y no son sus actos los que los definen sino su físico y, sobre todo, lo que dicen en esa noche fría afuera, de perros, mientras dentro el calor y la diversión les hace sentirse bien, en apariencia. Las tías, anfitrionas de este baile cada año, parecen ser el eje del relato pero enseguida Gabriel adquiere importancia y se muestra a nosotros en su complejidad, duda de sí mismo, no quiere demostrarse superior, es consciente de dónde está y no desea sobresalir, hasta que la narración se centra en el verdadero objetivo de la ficción: su amor por su mujer. Se aviva su deseo por ella, desea resarcirla por esa monotonía que de repente vislumbra en su relación, desea amarla, tener una nueva oportunidad a pesar de que su fracaso, en principio, solo está en su mente, en su interior. Hasta que este se le muestra en toda su grandiosa profundidad: Greeta le relata entonces cómo aquel joven, Michael Furey, murió de amor por ella al postrarse bajo su ventana en aquella noche fría. ¿Cómo igualar ese acto de pasión, cómo superar esa suprema demostración de amor eterno? ¿Qué hay más eterno que la muerte?

      El muerto se interpondrá ya para siempre entre él y ella, vivos pero separados por ese giro inesperado en la narración que nos coloca, con esa revelación, con el recurso de la epifanía, ante la verdadera intención del relato: mostrarnos, quizá, que solo la muerte nos pone a la altura de nuestros ojos la verdadera intensidad de nuestra vida. La del joven Gabriel se nos presenta entonces mísera y oscura, jamás llegará a darle a su esposa lo que aquel muerto representa para ella. Jamás la amará de ese modo ni le regalará su vida.
 
      Esa revelación y el contraste entre el deseo de él y la tristeza de ella es lo más brillante de la narración: Ese "Creo que murió por mí" que le cambia a él para siempre su percepción de ella y de él mismo en un instante. ¿Cómo hacerla olvidar su sentimiento de culpa? Lo amara ella o no, ahora eso resulta diferente, aquel muerto siempre le sacará a Gabriel una ventaja insoslayable.
 
Bibliografía
Jordi Llovet, Lecciones de literatura universal, Cátedra, Barcelona, 2002
James Joyce, Dublineses, trad. Guillermo Cabrera Infante, El País, Clásicos del siglo XX, Madrid, 2002
 
 

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