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Mi despedida




Todo lo que no te dije
I
Ya sé que nunca podré dejar de llorar cuando escuche esa canción. Es un mantra. La oigo y lo veo a él. Es la que sonaba cuando nos lo llevamos de vuelta a casa. Veo su rostro a través de un cristal duplicado, el de su coche y el del mío. Yo iba delante y a él lo llevaba un chico guapo, a veces creo que es mi marido. Él ya no podía conducir. Y no puedo sentir que soy afortunada porque ese dios esquivo que todos queremos que exista de verdad para poder rogarle por nosotros me ha permitido saber que esa será la última vez que él venga de visita. Que se siente en mi sillón, mire mi televisión y coma mi comida. La última cena, con copas que no llené y turrón que no comí; se suponía que tenía que haberla disfrutado. Yo aplasté las uvas en el almirel, con saña, mientras el resto de mi familia me llamaba a gritos desde el salón. ¡Mamá, ven! ¡Ven! Que empiezan las campanadas. Me tomé su jugo para purificarme de una mierda de año y entré en la habitación de mi hijo; en su cama, a oscuras, él resoplaba. Papá, ¿estás bien? Sí, hija, sí. Estoy bien. Y se subió el edredón de estrellas un poco más arriba, hasta taparse el cráneo. Yo oía a todos desde el salón, enorme y adornado de fiesta, gritar nerviosos los números malditos que nos llevaban al año nuevo. Le acaricié el rostro y le tomé de la mano. Está siempre suave, demasiado suave para ser de un hombre recio. Los demás, casi todos, brindaron. Aunque también sienten dentro el pozo que siento yo. Lloré. En silencio. Nunca lloro delante de él. Pero, cuando conduzco, ahora sí lloro siempre que suena esa canción; aunque las cosas pierden su sentido a fuerza de repetirse, se decoloran y se pudren, creo que dentro de poco podré escucharla sin que las lágrimas me hagan estamparme contra el coche que va delante. O no, esa hermosa canción es ya la de mi despedida.


(Fotografía de Nick Kenrick, con copyright de atribución)

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