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La que pelea

Hoy es el día mundial de concienciación del autismo. Siempre me ha asombrado la capacidad de amar que tienen las personas que se entregan a otros. Este es un fragmento de mi novela "Escrita en tu nombre" dedicado a ese tipo de personas.

"LA QUE PELEA
Manuela Galván siempre había sido fuerte. Ya desde que nació. Porque ya desde entonces le tocó ser la mayor de cinco hermanos y además, la única chica, y eso te hacía fuerte. O te hacía fuerte o te hacía infeliz y ella había decidido desde muy pronto que no iba a ser débil. Pero una cosa es lo que decides y otra lo que te toca. A ella la había tocado demasiadas veces algo que no quería, aunque no se dejaba vencer. Y había logrado obtener la nota para hacer medicina y también terminar la carrera, a pesar de que también era la única que ayudaba en casa o, para ser más exactos, la única que lo hacía todo junto con su madre. Desde las camas a la comida, la compra de la semana, la plancha o el baño. Recogía hasta la ropa y los cuartos de sus hermanos, limpiaba sus botas de fútbol y dejaba listos sus uniformes para el día siguiente, porque a su madre la habían educado para educar a sus hijos como los hombres de la casa y los hombres en su casa no recogían ni un plato.

Así que Manuela estudió y trabajó el triple que sus hermanos y se hizo médico. Y, luego, se casó. Y desde el primer momento, en cuanto entró por la enorme puerta de cristales verdes que daba al vestíbulo aséptico y pintado de blanco que siempre le recordaba más a un mostrador de un aeropuerto que a un hospital, se dio cuenta de que, para ella, lo más difícil no sería nunca el trabajo duro sino la impotencia de no poder elegir. Y no le reconfortaba siquiera que eso fuera igual para todos.

Y, además, tuvo que constatarlo de la peor forma, cuando nació su único hijo y ya desde el primer mes supo que era especial. Y es que, para ella, Daniel era especial, no diferente, ni menos listo, ni minusválido, ni deficiente, ni un ángel de Dios, como las visitas, que no sabían qué otra cosa decir a las desconsoladas madres, llamaban a veces en el hospital a los recién nacidos con Síndrome de Down o con cualquier otro trastorno que se percibiera a simple vista en el recién nacido. No, su hijo no era un ángel, solo era su hijo y lloró mucho cuando consultó los manuales y distinguió enseguida en él los síntomas. Siendo un bebé, Daniel solo dejaba de llorar cuando ella lo dejaba en la cuna y, después, nunca la miraba a los ojos, apenas hablaba y no soportaba sus abrazos ni sus besos, ni abrazaba ni besaba tampoco a nadie, ni siquiera a ella, y se mecía violentamente hacia delante y hacia detrás cuando alguien cogía algo de su habitación o lo cambiaba de sitio.

Él no era un ángel, no, y tras llorar por él también le tocó a Manuela llorar por el padre, porque no todos los amores son tan fuertes ni tan seguros, ni todas las personas tan generosas ni tan valientes como para superar que te haya tocado un hijo así, autista y medio sordo. Y su marido era una de las que no lo eran. Aguantó varios años pero, al cumplir Daniel los seis, cuando por fin se dio por vencido y tuvo que aceptar que su patología no tenía cura ni marcha atrás, solo le dio un beso alado a él y otro más terrenal a ella y le dijo «lo siento pero lo he intentado y no puedo, yo necesito una vida normal» y salió de la casa para no volver más.

Les pasaba puntualmente lo estipulado, incluso había meses en los que el ingreso era superior, quizás a cambio de incumplir el régimen de visitas primero una de cada dos veces, después dos de cada tres y pronto todas de cada todas. Pero Manuela era fuerte y ya creía que podría vencerlo todo y por eso se levantaba cada mañana y seguía la misma rutina con minuciosidad de engarzador de diamantes, se duchaba y se vestía mecánicamente y luego se ponía su sonrisa de te quiero más que a nada y podría hacerlo todo por ti y comenzaba a arreglar a Daniel para llevarle al centro especial donde durante unas horas le ayudaban a él a aprender a sobrevivir y le daban un descanso a ella.

Pero, a pesar de que casi todo con él costaba demasiado, lo que más le había costado sin duda era entender la forma que tenía su hijo de amar. Él no la pintaba en los trabajos del colegio, ni la besaba efusivamente para conseguir un trozo más grande de tarta, ni le pedía que le leyera un cuento al acostarse cada noche. Tampoco le había dicho nunca te quiero. Su forma de amar era diferente y ella tardó en descubrirla. Pero lo hizo. Porque a veces las cosas solo cuestan un poco más pero, si se lucha por ellas, se consiguen. Y ella era una mujer fuerte y no se dejaba vencer. Así que rebuscó y rebuscó hasta encontrar a aquel chico que daba clases de violín a niños especiales. Y a través de su música, Manuela consiguió enseñar a Daniel a exteriorizar un poco más sus estados de ánimo y ella aprendió también a reconocer sus señales, porque los niños autistas también aman, a su manera pero aman, igual que cualquier otra persona del mundo o incluso más a veces."
 
Existen muchas Manuelas. Sí.
 
Esta novela está, por ahora, disponible en Amazon a menos de tres euros. Suma de letras ha adquirido los derechos de publicación y la comercializará en papel en algún momento de 2015. 

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