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Prométeme que serás delfín, mi novela sobre niños con TDAH

Llevo unos años queriendo escribir sobre los niños que sufren el Trastorno de déficit de atención, el famoso pero desconocido TDA, con o sin la H de hiperactividad y las dificultades a las que se enfrentan para superarse cada día. Hace tiempo ya escribí aquí sobre el por qué (en este enlace). He sido testigo de lo que padecen esos niños en este sistema educativo en el que solo pueden salir adelante, aunque siempre con  un tremendo sufrimiento para ellos y sus familias, si la humanidad de sus profesoras les permite ver en ellos las maravillosas personitas que muchos ocultan. Además de vivirlo, me documenté para escribir sobre ello y comencé. Llevo ya más de cien páginas. Pero me ha pasado algo curioso: es falso que una imagen valga más de mil palabras. Lo que he escrito ha resultado tan duro, que voy a tener que dejar, al menos hasta que pase el tiempo suficiente para que se pueda poner distancia emocional por medio.

Así que debo renunciar a seguir con esta historia de sufrimiento y esperanza que me salía del alma, al menos por ahora. Prometo continuarla, algún día.

Os dejo aquí el primer capítulo de Prométeme que serás delfín.

I

India levanta la cabeza y me mira. Sus ojos son dos focos azules que lucen sobre un mar de sombras frías. Sonríe, casi siempre sonríe. Sonríe al día y a la mañana, a la luz y a la oscuridad, a los niños que la rechazan y a su hermano que la protege siempre como su tesoro más preciado. Ella es también mi tesoro y sé que es mágica, lo sé. No puedo explicar cómo, sólo lo sé. Sus ojos insisten en buscar mi alma hasta que la encuentran allí abajo, perdida, desorientada, cansada, angustiada por no haber sabido estar a la altura, a su altura, la que necesita para seguir adelante, para que sigamos todos. La miro y sé que ella ha visto ya mi interior. Me tranquilizo. Ella es maga.
  --Mamá ¿no vas a darme la pastilla hoy? Empiezo a sentir el frío.
  Jamás se me olvida, pero hoy estoy cansada. Su padre se ha ido. No ha aguantado más. Y no soy capaz de sentir resentimiento. Lo busqué. Dejé de oír con él el viento. De sentirme amada, de sentirle a él. Y él se dio cuenta y yo también pero solo pude seguir existiendo en esta vida que dejó de ser mía hace tiempo. Justo diez años mañana. Tengo que salir sin falta a comprar un regalo; ya no sé qué comprarla, lo tiene todo, se aburre de todo, lo quiere todo.
  --Perdóname, cariño, ahora mismo te la traigo. No te levantes de la cama, todavía es temprano, puedes intentar dormir un poco más.
  Voy a la cocina y miro por la ventana. Ya se ha hecho de día. Otro día más.


1
Aún no he conseguido comprender lo que ocurrió. Cómo fue posible que aquello no acabara con nosotros, con las risas, con los mofletes rojos de correr escaleras arriba para llegar el primero al aula o para no quedarte el último, los corrillos de cuchicheos varios en los pasillos y los juegos estrepitosos a la hora del recreo. Cómo fue que no terminara de inmediato con nuestra inocencia. A veces creo que tal vez lo hizo sin darnos cuenta pero, si eso en realidad pasó y no es solo la visión que ahora tengo de aquello, cuando ya lo he pensado y hablado tantas veces, solo sucedió tras descubrir quién había sido el asesino. Las muertes en sí no fueron importantes; nosotros, los niños, las asumimos como algo natural: muchas profes entraban y salían de nuestras vidas varias veces durante el mismo curso. Algunas desaparecían a la semana de haber empezado las clases y volvían casi al llegar el verano o no lo hacían jamás; y Carmen, la primera a la que mataron, había sido nuestra tutora varios años y nos tenía acostumbrados a que, cada dos o tres semanas, se ponía enferma o el que se ponía malo era su niño o su hermana o su madre y nos tirábamos toda su baja, que nadie podía saber nunca cuánto duraría, dando clase con alguna sustituta ―al principio, cuando todavía no habíamos oído hablar de eso de la crisis y la mandaban rápido, en tan solo un par de días o tres― o ―más tarde―  con cualquier otra profesora que estuviera libre. A veces, si ninguna lo estaba, incluso nos dejaban con Juana, la conserja, que sabía contar unos chistes de mearse de la risa. También, los primeros años, elegían a un encargado y nos dejaban solos un tiempo, hasta que los gritos eran tan estridentes que alguien aparecía para, al menos, callarnos. Así que supongo que estábamos preparados para su ausencia. Cuando nuestra tutora faltaba, todos, sin duda, queríamos que viniera a sustituirla la directora, Jacinta, una profe mayor, de pelo corto y muy negro y ojos juntos de un azul tan claro como las batas de mi abuela, muy alta, gorda y gritona pero que, en clase de Lengua, en cuanto se le iba el santo al cielo, bajaba la voz para contarnos algún cuento que ninguno conocía y que nos dejaba siempre con la boca abierta, pero no para hablar, que eso lo hacíamos muy a menudo aprovechando la mínima oportunidad, sino porque estábamos imaginando y se imagina mejor así. Después de Jacinta, nuestra segunda opción favorita siempre fue Silvia. Ella no estaba todos los años en el cole, iba y venía porque no era de las fijas aunque vivía en el pueblo y, siempre que podía, intentaba volver. Era joven y muy guapa: tan extrañamente rubia para lo negros que tenía los ojos y la piel que llamaba la atención sobre todas las demás. Los chicos estaban todos flipados por Silvia. Y además jamás gritaba, jamás castigaba. Daba gusto estar en clase con ella. Daba gusto pasar el tiempo escuchándola.
Sin embargo, ahora sé que fueron muchos los niños que sintieron la muerte de Carmen como una liberación o se alegraron, incluso. Aurora, sin ir más lejos, a quien tenía por costumbre ridiculizar a la mínima de cambio, llegó a decirlo en alto. También mi tercera mejor amiga, India, por supuesto. Recuerdo que todo el día había hecho un calor de muerte y el vestido de chulapa me estaba fastidiando. Mi madre lo había intentado sacar de la cintura y de  la "sisa", según le había dicho a mi abuela por teléfono el día antes; ya estaba hasta las narices de comprar disfraces para todas las celebraciones que se les ocurrían a las profes: la de Navidad, la de Carnaval, la de la Semana Cultural, la de fin de curso y seguro que alguna otra que olvido, y yo me sentía fatal por eso, pero no quería quedarme sin la fiesta ni tampoco no ir disfrazada. Incluso, al principio de inaugurar el colegio, también nos vestíamos para la Fiesta de la Castaña, normalmente con una horrible cartulina que imitaba el fruto seco ―pero mal, muy mal―  y colgaba por delante y por detrás. Esa era a la que más me costaba que me dejara ir, siempre se quedaba protestando porque no se fiaba de que termináramos atragantándonos con alguna almendra o alguna nuez que nadie troceaba suficientemente pequeñas para ella. Mi madre es así, mucho peor y mucho mejor que todas las demás madres. El vestido que me había arreglado estaba a punto de estallarme por varios lados y mis amigas y yo teníamos ganas ya de que todo terminara. Después de seis años o más de bailar en pareja chico-chica ―y no con quien tú quisieras sino con la que la profe decidiera― un chotis al ritmo del organillo simulado del padre orquesta, un profesor del Conservatorio del pueblo de al lado que se ofrecía siempre junto con su mujer, también música, a alegrar aún más el evento, la cosa ya no nos hacía tanta gracia. Pero eso lo pensábamos nosotras y nuestros padres, que hacía ya tiempo que no hacían nada extraordinario para venir a vernos danzar a saltitos en torno a nuestros pies, con los carrillos del color de una granada madura y solo aparecían por allí para charlar entre ellos, como estaba haciendo mi madre entonces con las de mis amigas. Por el contrario, los padres de los pequeños mataban si era necesario para poder ver a sus hijos en cualquier situación imaginada al otro lado de las, en cualquier otro momento, infranqueables verjas y no les quitaban ojo durante toda la actuación, por insignificante que fuera. En los últimos años, muchos se habían quedado sin trabajo y en todas las fiestas había ya casi más hombres que mujeres. Ese curso conocí al fin a los padres de cinco niños de mi clase a quienes no había visto en mi vida. En el patio, bajo un sol más de agosto que de mayo, muchos se habían atrevido incluso a vestirse con la gorrilla, el chaleco, el nudo al cuello y el clavel, ellos; el vestido de chulapa y el pañuelo anudado a la cabeza, ellas. Mis amigas y yo dejamos sobre la mesa improvisada en las canchas el vaso de plástico con el resto de la limonada que, aunque sabía más dulce que un terrón de azúcar deshecho a lametones, por lo menos estaba tremendamente fría y cogimos un par de rosquillas de esas que tienen una cosa blanca por encima. Gasificadas, eso, gasificadas. Sonaba la canción del Chocolatero. Lo recuerdo como si la estuviera oyendo porque Blanca, mi Segunda mejor amiga, quería que no nos moviéramos de allí hasta que terminara para poder ver a los demás haciendo el ridículo. Se estaba partiendo de risa, aunque tampoco era ninguna novedad: Blanca solía partirse de risa y, lo que era mucho peor en ese lugar, contagiarnos a todos. Pero Ana se negó. Mi primera mejor amiga siempre decía la última palabra. Que no se me olvide hablar de Ana. Siempre fue especial. Tan lista que habíamos aprendido a confiar en sus consejos aunque, al principio, nos parecieran raros. Era como una bruja que tuviera una varita mágica de la adivinación o peor aún, como una madre: acertaba hasta en las ocasiones más insospechadas.
―Blanca, déjate de chorradas y vamos arriba. Carmen ha estado un buen rato antes de ir al comedor haciendo fotocopias, el lunes es el examen de Cono. Seguro que los tiene allí. No la he visto en toda la tarde. Puede que tengamos suerte.
No era la primera vez que Carmen se iba a su casa en medio de una fiesta ni que se dejaba la puerta de nuestra clase abierta. Aunque mi madre decía que las dos cosas estaban prohibidas. Desde que Raúl en Tercero se coló un día a la hora del recreo en el aula y adornó con témpera roja y verde el bolso lleno de ces y aches de la de Plástica, que también tenía un pedazo de BMW azul que volvía loco a la mayor parte de los chicos del colegio y, según decía Ana, a la mayor parte de los profesores y de los padres, todas las profes empezaron a cerrar con llave las aulas siempre que ellas salían y no iban a volver enseguida. Pero nuestra tutora era un poco despistada o, en palabras de Ana, no le daba la gana de darse el paseo de ida y vuelta al despacho donde se guardaban las llaves, que estaba justo al otro lado del edificio y además en la planta baja. Nunca llegamos a saber por qué la directora no permitía duplicar las llaves y que cada profe tuviera una copia al menos de la de su aula; tampoco lo entendía Carmen, que se quejaba de ello a la mínima ocasión, sobre todo porque eso era casi lo único que no hacía como le parecía.
Y ya al menos en tres ocasiones durante todos los años que ella había sido nuestra tutora habíamos conseguido hacernos con los exámenes. La que marcó el punto de partida, los descubrió Ana por casualidad, buscando en los cajones una libreta que la misma profesora le había pedido que le bajara al comedor y que no recordaba dónde había dejado. Las siguientes veces ya buscamos aposta y, al final, nuestra insistencia se vio siempre recompensada. Hacía mucho que no lo intentábamos y el siguiente examen de Cono era la leche de difícil, así que allá que fuimos ese día mis amigas y yo, con la seguridad de que todos los demás andaban por el patio: los padres observándose mutuamente o haciendo fotos a sus polluelos en las poses más variadas, las profes que no se escaqueaban apartadas en una esquina hablando de vete tú a saber qué o acaparadas por alguna madre impertinente que no había encontrado otro momento para preguntar algo, y el resto de los niños, profes y madres, casi todos engalanados en vestidos y trajes de cañí bailando de nuevo el bis del Paquito el Chocolatero, que los más crueles solicitaban una y otra vez al padre orquesta y que este interpretaba encantado de la vida, al parecer por su amplia sonrisa y su ímpetu pachanguero.
Subimos las escaleras detrás de Ana, que a menudo dirigía; íbamos despacio, para no despertar sospechas, y teníamos bien ensayada la inocente disculpa por si alguien nos pillaba donde no debíamos estar: "nos ha enviado Carmen a buscar unos papeles, que se le han olvidado". El objeto del rastreo cambiaba en cada tentativa y aunque todos sabían que ella nos usaba como recaderos a la mínima de cambio, lo cierto es que nunca habíamos tenido que mentir; hasta ese momento, no había habido ninguna razón para vigilar exhaustivamente los pasillos y, de hecho, casi nunca los controlaban. Tampoco esa vez nos encontramos a nadie en la escalera, ni vimos ni oímos nada raro. Ahora lo tengo claro, aunque ya no sé si fue así o no porque tantas personas nos lo preguntaron tantas veces después de ese día que no sé si simplemente lo olvidé para no tener que inventarme la respuesta. La puerta estaba abierta. Alicia pasó la primera y se detuvo de inmediato. Su vestido de chulapa también le quedaba estrecho por la cintura y los hombros. Ella es más alta que nosotras, mucho más alta desde que estábamos incluso en la guardería, y, cuando yo la seguí, solo vi su espalda.
―Venga, no te quedes ahí quieta, que nos van a pillar ―le dije mientras le daba un empujoncito. Entonces ella se giró y, al moverse, pudimos ver lo que había detrás y Blanca chilló como la corneja moribunda del zoo al que habíamos ido de excursión por tercera o cuarta vez hacía un par de semanas. Entonces India, que había aparecido de sopetón y, al encontrarnos a las tres contemplando patidifusas la macabra escena solo había dicho "Esto es un milagro" elevando la voz lo suficiente como para que nos volviéramos a mirarla, se dio la vuelta e, inexplicablemente, se fue tan tranquila y se lo contó a todo aquel con quien se topó en el camino hacia el patio, hasta encontrar a la directora. Blanca siguió y siguió gritando hasta que, unos minutos más tarde, empezaron a llegar corriendo profesoras, conserjas, alumnos y padres y se fueron agolpando ante la puerta para curiosear a través del quicio.  
La profesora estaba sentada en el sitio de India, sobre su silla, con las piernas dobladas en ángulo recto, la espalda erguida, el cuello inclinado hacia adelante, el rostro girado hacia nosotros y las palmas extendidas sobre los reposabrazos y sujetas con varias vueltas de celo alrededor de las muñecas. El pelo le caía a los lados de una forma rara; tardé en entender que era porque, en torno a la cabeza, aprisionándole la melena y tapándole la boca, también habían desenrollado un buen trozo de celofán a través del cual se le veían los labios cerrados, como pegados el uno al otro, lo que le daba a su rostro una expresión muy extraña que me dio lástima: parecía suplicarme que la liberara. Me fijé en sus ojos. Ya no me atemorizaban. Y me sentí fatal porque no conseguí llorar como Blanca empezó a hacer en cuanto la directora entró, mi amiga se abrazó a ella y esta la rodeó con sus brazos antes de girarse para mirar con la cara blanca como la tiza y avejentada cien años o más al profesor de Música mientras le decía ―y sin levantar ni una pizca la voz en esta ocasión― que llamara enseguida a la policía y que "haga usted el favor de arreglárselas para dar por terminada la que será la última fiesta de la Paloma en este colegio". Y yo me seguí sintiendo entonces horrible, malísima, lo peor de lo peor, y es que solo podía pensar en que, por fin, a lo mejor teníamos suerte y mandarían de una vez a alguien para sustituirla que nos nos atormentara más con sus gritos, ni con sus insultos, ni con sus castigos, ni con sus extraños exámenes en los que nunca nadie había conseguido un diez, ni con las decenas y decenas de sus estúpidos deberes, enunciados incluidos, que mandaba cada tarde para casa.2 
Por cierto, que al leer sobre este trastorno, me ha surgido una duda que no he sabido solucionar: ¿alguien sabe decirme si en Finlandia la tasa de niños con TDA es la misma que en España? 
La fotografía es de mi amigo José de Miguel.

Comentarios

  1. Hola, Amelia. ¿Sabías que tanto mis hijos como yo padecemos ese trastorno? Por si te interesa, te dejo el enlace a un artículo que escribí en mi blog hace ya algunos meses: http://carmen-grau.blogspot.com.au/2012/09/el-peligro-de-las-etiquetas.html

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  2. No lo sabía, Carmen. Claro que me interesa lo que escribiste, te dejé un comentario. Creo que la realidad nos está demostrando que los sistemas educativos que machacan al diferente están errados, que tienen que evolucionar, que debemos crear una sociedad empática, inteligente y creativa. El trabajo industrial necesita personas mecanizadas, rutinarias y obedientes. Pero las sociedades que se basan en él y han explotado todas sus posibilidades están en crisis, la solución pasa por no desperdiciar ni un ápice de la inteligencia que es innata al hombre, de su creatividad. Tienes toda mi admiración, Carmen.
    Un beso,
    Amelia

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