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Santos Sanz Villanueva: seminario "La novela española del siglo XXI y por dónde seguimos"



Santos Sanz Villanueva es crítico literario, doctor en Filología Románica y profesor de Literatura española de la Universidad Complutense. Me gustó conocerle y poderle preguntar si la crítica puede no ser subjetiva. Su respuesta fue la esperada: por supuesto. Aunque también es lícito entender la labor del crítico como la de alguien con una postura dentro del mundo literario y, entonces, la crítica se decanta más hacia una tendencia u otra. Pero esta fue la conclusión. Ahora intento resumir su intervención, y aclaro desde ya que esta es mi idea de lo que él dijo, que puede no ser lo que él dijera en realidad.

Percibía Sanz Villanueva una visión desesperanzada, de desconcierto, desorden, caos e intereses en el panorama de la novela española actual, como la de un fin de época, y la sensación de que esa idea no se había vivido ya. Sin embargo, ya Ortega la anunciaba el siglo pasado e incluso en la Edad de Oro se vivió algo parecido, pero ahora posee algunas características nuevas. Una de ellas, por ejemplo, se deriva de la función de la literatura en la sociedad. Miguel Delibes ya decía que la diversión se había diversificado y la novela nos interesaba por su cambio de función, su valor ya no es la transmisión del conocimiento sino que se traslada a su contenido. Además, la circunstancia más novedosa de la literatura actual es que, ahora, la novela es un producto de consumo, un producto industrial. Lo comercial forma parte de la esencia de la novela. Hay tres grupos editoriales principales en España: Busterman, Timon Alfagurara y Planeta, que copan la gran producción literaria, e infinidad de editoriales, pero la mayor parte buscan vender. Son un negocio. Esta concepción comercial de la literatura tampoco es nueva: ya Galdós o Unamuno tenían un interés comercial con sus escritos. Sin embargo, esta novedad de la literatura como producto de consumo que debe entrar en una red comercial provoca que las novelas se vendan como los detergentes: o eres novelista detergente o tienes poca opción de existir.

No sé que os parecerá esta afirmación, pero yo estoy de acuerdo. Eso me he sentido yo un tiempo, novelista detergente amazónica. Pero vuelvo. Según Sanz Villanueva, un crítico muy eficaz ahora es el jefe de compras de El Corte Inglés. Y lo mismo opinan otros: como ejemplo, Terenci Moix ya señalaba irónicamente en su novela Chulas y famosas en boca de un personaje que es él mismo, que "El libro es posterior a los albaranes, el que sea un éxito depende del departamento comercial". Y, a la vista de los acontecimientos con La pintora de estrellas, no puedo estar más de acuerdo.

Además, señalaba el crítico que existe un choque curioso con esta comercialidad del libro con una hipervaloración de la literatura diferente, marginal y, también, lo que se vende parece que no puede ser bueno. Existe la tradición de que las novelas que hacen pasar el rato no tienen sentido en el presente. Ponía el ejemplo de Pérez Reverte; algunas de sus novelas, en su opinión, son fabulosas pero en cierto modo existe la percepción de que, por vender tanto, no puede ser un buen escritor. Esto contrasta con el hecho de que en este momento no existe originalidad porque ya está todo dicho. Y en ello coincide con algún otro de los autores que asistieron al seminario, sobre todo con Fernández Mallo, quien defiende que la hipertextualidad es completa y que todo lo que los demás escriben está a disposición de quien desee tomarlo y usarlo, citando la fuente, a pesar de la mala experiencia que ha tenido con la viuda de Borges y su último trabajo.

Interesante también un apunte del crítico: según él, la crítica habría desaparecido como mediación literaria de referencia y tan solo es leída por críticos, escritores, profesores y algunos lectores de un perfil alto. Los elementos de referencia en este momento son la televisión, los periódicos, los medios en Internet. La consecuencia de esto es que, al desaparecer el papel del crítico, se ha llegado al consumo indiscriminado de novela, con independencia de su calidad. También, la consecuencia de la equiparación de la novela con un producto de consumo ha hecho que se trate como un bien perecedero: algunos editores dan tres meses de vida a sus libros y luego desaparecen y se usan para hacer pasta de papel para cubiertas. El libro necesita, por tanto, una renovación rápida y esto tiene un efecto desastroso: la novela se acaba cuando se consume. Esto, además, obliga a la presencia del novelista en la plaza pública y el editor se inventa lo que sea para estar vivo y está obligado a tener un nuevo producto en la calle en un tiempo récord.

Por otro lado, con respecto a los criterios de calidad, Sanz Villanueva observa que se basan en modas: ahora por ejemplo, lo son que el escritor sea joven, durante algún tiempo lo fue que las obras fueran cortas (hasta Miguel Delibes dijo que el ideal era de cien páginas aunque luego se descolgó con una de seiscientas) y la novela debe ser testimonio de la vida corriente. Esta última moda suscita un problema serio de la novela española actual que es la desconexión con lo propio y lo cotidiano estimulada por la hipervaloración del cosmopolitismo como si lo local fuera un enemigo de la creación narrativa y el costumbrismo, una mala manía que se debe evitar. Hay reticencia a entroncar la novela en el pálpito de lo cotidiano, de lo urbano; mientras el cine sí mantiene la percepción de la realidad problemática, salvo en la forma de la novela urbana vinculada a la novela negra, que se ha convertido en la novela de conciencia crítica y política, continuadora del realismo social. En este panorama ha surgido una preocupación por el presente y el futuro del género que se observa en autores como Marta Sanz y Vicente Verdú, en ambos extremos.

En fin, poco que añadir tengo salvo mi conclusión personal, que expondré en otro artículo. Si opinas algo al respecto, ya sabes, el blog es todo tuyo.

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Según el panorama literario dibujado por los autores que han participado en el seminario La literatura del siglo XXI y por dónde seguimos, si la literatura española del momento actual se caracteriza por algo es, precisamente, por no estar caracterizada. El debate de escritores y críticos se bambolea de la doctrina de la forma a la doctrina del contenido y vuelta, e incluso el vaivén se acentúa dentro de la propia doctrina de la forma. Además, sufre, para variar, una profunda crisis: apenas se lee, lo que se lee el público lo quiere gratis y el lector es cada vez menos exigente y más residual.
Todo ello me sirve para afirmarme en la convicción de algo que intuía pero no me atrevía a reclamar: que el arte es arte y su incontenible fuerza bien puede surgir de una de sus cualidades; curiosamente, la misma que ya le reconocía Aristóteles en su Poética: su capacidad de emocionar. Esta conclusión ha supuesto para mí una revelación: soy libre para escribir como me dé la gana y la forma de escritura que siempre he hecho y que, a partir de ahora, seguiré haciendo de una forma consciente se inscribe en lo que denominaré, apropiándome de un término acuñado por el escritor y poeta Carlos Zanón, literatura emocional.

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