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Escrita en tu nombre: capítulo I (I)


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LAS QUE REDIMEN

Cloto, Láquesis y Átropo eran hijas de Zeus y de Temis, o podía ser también que fueran hijas de la Noche y que hubieran tenido la suerte de engendrarse a sí mismas, o la mala suerte; ni siquiera ellas podían saberlo. Y a pesar de la diferencia de edad, se llevaban muy bien, porque si ellas, que se suponía que decidían el destino, no se llevaban bien ¿quién iba a hacerlo? A lo mejor congeniaban tanto porque habían pasado miles de años siendo el paño de lágrimas de esos irresponsables humanos y eso unía mucho. No todos eran iguales, tenían que reconocerlo. Algunos eran más irresponsables que otros. Incluso hubo un tiempo en que fueron mucho peores. También había bajado la cantidad de ofrendas y de oraciones que les dedicaban y de vez en cuando las dejaban un poco en paz, porque, cada vez más, los seres humanos se iban dando cuenta de que aquello no daba resultado y se iban haciendo cargo de sus actos. Les costaba, y mucho, pero al menos ya casi nadie les rezaba ni les ofrecía sacrificios. Como si ellas pudieran hacer algo por llevarles por el buen camino o por el malo. Para eso ellos se bastaban solitos. Pero en ocasiones les venía bien tener a alguien a quien colgar sus propios muertos, tanto los debidos a muerte natural como los otros; lo habían hecho ya desde la antigüedad, cuando apenas se mantenían erguidos y acababan de descubrir el fuego.
Antes que ellas ya había habido muchos otros. El hombre era un experto en eso. Primero se los colgaron a las ánimas, luego a la magia y después a los dioses del Olimpo. Las Moiras no entendían muy bien cómo al final habían terminado reduciendo el número de cabezas de turco a una por cada religión porque antes les era mucho más fácil hallar alguna divinidad libre a quien echarle el mochuelo y así las culpas siempre tocaban a menos. Muy listos se creían los hombres, sí, porque pasaron de la sumisión animista al chantaje religioso en cuestión de tan solo miles de años. Yo te rezo si tú me das. Y, perfeccionando un poco la técnica, si tú decides, yo me lavo las manos, porque no puedo elegir. Y si además me perdonas los pecados con tres avemarías y un padre nuestro, ya ni te cuento. Ellas estaban un poco hartas de eso. Pero al menos iban mejorando, porque ya pocos creían en ellas y también porque habían tenido muchos sustitutos a lo largo de la historia y no tenían que cargar solas con la fatalidad de toda la humanidad, que lo cierto es que pesaba mucho. También les había tocado una parte del ingente pastel a los profetas, luego a sus representados; a las brujas malas y a los templarios buenos; a la libertad, la igualdad y la fraternidad; y ahora..., ahora había demasiado lío y no se sabía bien a quién cargarle los muertos. Quizás dentro de nada el fútbol tuviera también su templo, si es que no tenía muchos ya, porque ahora hasta era complicado reconocer a los dioses y sus moradas. Al menos ellas no conseguían ver bien la diferencia entre algunos estadios y el Oráculo de Delfos.
Pero de una cosa sí estaban seguras: ellas existían, no les quedaba otro remedio, aunque fuera en los cuadros, en las estatuas o en los sueños. Porque, sin el destino, el hombre no sabía a quién culpar cuando no podía reaccionar a tiempo, sobreponerse, luchar, no resistirse a su capricho, dejarse salvar, adaptarse o resignarse; o cuando abandonaba, renunciaba, se rendía o no tenía otro remedio. Y además, seguirían existiendo siempre, porque no habían surgido porque sí, sino porque estaban en la esencia del hombre, de todos los hombres. Al fin y al cabo, si después de millones de años, aún no habían aprendido, sería por algo.
A veces ellas apostaban a ver quiénes de entre los pobres mortales conseguirían ser felices. Átropo solía ganar, que para eso era la mayor y decidía si cortar o no el hilo, pero hacía muy poco había perdido, cuando decidió apostar en contra del guía del Prado, Antonio Bernabé. Habían estado años observándole mientras hablaba sobre ellas a los visitantes del museo, cada vez más resentido, dejando que otros decidieran por él. Hasta que un día por fin se dio cuenta de que podía hacer más, mucho más, y empezó a poner todo su empeño en llegar a conseguir su sueño: actuar ante el público. Algunos dirían que había tenido suerte. Pero ellas sabían que se lo había ganado. No siempre daba resultado pero, aunque tenían tantos años como la humanidad y habían observado ya a millones de seres, aún no habían podido hallar a nadie a quien la suerte no le hubiera encontrado trabajando.


Capítulo 1

Cuánto te quise, es cierto, como dijo el poeta; o mejor, cuánto te quiero: ¿cómo no querer tus grandes ojos negros?
Y sus pupilas me atisban, me persiguen, me acosan, me alcanzan y se sonroja entonces mi tez. Son tus ojos; me atan.
Y me esconden en sus brillos de matices callados, de cadenas rosáceas de perpetua calidez; casi hipnotizada por ellos, humedeces mis labios, como rosas de frágil hermosura, como agua que les da de beber en un juramento de deber inquebrantable.
Son tus ojos, me atan.

Por fin conseguí tocarle. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro. Tal y como me lo había imaginado la primera vez que le vi aparecer con sus pantalones negros, deliciosamente ajustados, y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra pero con probabilidad homosexual, tan de moda en estos momentos. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí: Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según me bautizaron, solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Más vale tarde que nunca: gracias por haberte encontrado. Sí, gracias por permitirte sentir, al fin.
Debe de ser la placidez que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la enajenación postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Hasta escritoras con premios Planeta emplean la palabreja en entrevistas para dominicales y yo sigo sin acostumbrarme a ella: siempre he preferido hacer el amor, aunque ya no se lleve. Pero eso debe de serlo, porque nunca antes me había sentido así. Como en una nube. Con él a mi lado.
Tan duro como una piedra; no logré sonrojarme cuando me dijo que quería pasar la noche conmigo porque lo había deseado tantas veces como las que me había preguntado a mí misma ―esta vez sí soy yo, y qué feliz me hace eso― cómo semejante prodigio de la naturaleza iba siquiera a fijarse en mí. No estoy acostumbrada a tener que competir con mi físico: durante demasiado tiempo tuve amor o, mejor dicho, compañía segura. Y todo venía rodado. Pero tal vez su culo me haga olvidar aquello. Qué maravilla. Y está en mis manos. Si Laura pudiera verme ahora, seguro que diría algo así como ¡Ay que ver, Malena, qué puta te has vuelto!
Pero no era marica. Cuando ves a un hombre así, con ese cuerpo y esa cara y esos ojos y ese pelo y ese culo y ese culo, y treinta y tantos, o es marica o está casado. Y no piensen que empleo el término despectivamente: siempre he respetado, a secas, a los homosexuales; a todos, hasta a los que me han hecho volver a la lectura porque, a fuerza de repetirse en la televisión, la han convertido en algo aún menos soportable. Incluso digo “a secas” porque considero que no tenemos ningún derecho a usar otra expresión. Solo precisan nuestro respeto y no nuestra comprensión, ni mucho menos nuestra tolerancia. Creo que deben de pensar que toleremos a nuestra madre. Pero en ese momento estaba convencida de que algunas cosas no cambian. Con ese culo y esos hombros, o se es marica o se está casado. No existen más posibilidades. Así que cuando le veía llegar a las clases de yoga, el único hombre entre tanta fémina a esas horas de la tarde, observaba cada uno de sus movimientos ―perfectos, sinuosos, increíblemente acompasados― siempre con mucho disimulo, para que no se me notara demasiado, pero sin perderme ni uno. Y esta situación de abstracción solía llevarme a abandonar mi estado normal de equilibrio y a torcerme un tobillo, que no era ni sigue siendo una de las partes con mayor estabilidad ni gracia de mi anatomía. O bien, si por el contrario resultaba ilesa, me iba a casa con una sensación libidinosa parecida a la que alguna vez disfruté con quince años, mucho antes de estar casada durante toda mi adolescencia y parte de mi madurez.
Y es que alguna vez no estuve casada. Eso me parece recordar. Me veo a mí misma con mis pantalones anchos y mi torera de tela vaquera, gris y nevada por más señas ―qué le vamos a hacer, era la moda―, y con algunos kilos menos en la discoteca, esperando que alguno de esos chicos tan guapos se me acercara y me pidiera bailar las lentas ―las canciones lentas, toda una institución en aquella época. La de noviazgos que comenzaron escuchando de fondo una canción de George Michael, mientras apretábamos los codos con fuerza contra la cintura para que no hubiera forma humana ni divina de llegar a los pechos. O, más bien, mientras las otras apretaban sus codos; yo no, ni Magda ni Malena; en realidad, yo no disfruté de ese privilegio más que una vez en la que se me ocurrió besar al chico en cuestión, para experimentar la novedad, y resultó que el pobre estaba colado por mí, justo cuando a mí él no me interesaba demasiado. Así que, encima, aquel beso me costó un gran disgusto porque luego no supe bien cómo deshacerme de mi inesperado pretendiente.
No sé por qué solía fijarme en los guapos. Aunque sin esperanzas, eran los guapos los que llamaban mi atención. Y no es que me considerara fea y pensara que no podía aspirar a que alguno reparara en mí. No era eso. Era solo que las demás siempre solían tener menos vergüenza y una ropa mucho más bonita; con quince años y en una discoteca, a menudo era todo lo que importaba. Lo mismo que con treinta, casi siempre. Por eso, en aquellos tugurios tan de moda entonces no estaba demasiado solicitada ―el culo de Omid vuelve a apabullar mis sentidos como demostración, quizá, de que las cosas sí cambian a veces― y en el instituto sufrí peor suerte aún. Allí conseguí, les aseguro que sin proponérmelo, romper cuatro noviazgos pero sin que ninguno de los pretendientes me atrajera en realidad. Y es que no era muy avispada en eso de la seducción y les llevaba a confundir los sentimientos: para mí, ellos eran solo amigos; para ellos, yo enseguida me convertía en el objeto de su mendicante amor. Así que Magda se pasó parte de 2º y de 3º de B.U.P., allá por los 16 añitos, desfaciendo entuertos, como Don Quijote pero sin molinos.
Allí yo siempre era Magda. Con este nombre me llamaban todos en el instituto. Todos excepto Laura, mi mejor amiga desde que éramos unas crías, para quien siempre he sido Malena. También para una profesora de Filosofía de tercero, una mujer espigada y menuda que entonces me parecía viejísima aunque no alcanzaba la treintena. Ella, además de contarme el significado de mis otros nombres, me calificaba como “displicencia con patas” sin más razón que el que no demostrara demasiado interés en sus explicaciones sobre el ser o no ser, como muchos otros. Aquello es lo más curioso que me han llamado nunca, si exceptuamos lo que me debían de denominar las parejas de mis amigos-enamoriscados cuando, sin consultarme, les comunicaban formalmente que iban a salir conmigo y que las dejaban. Solo uno de ellos, que me conocía algo mejor que los demás, actuó con cierta inteligencia y en lugar de abandonar a su novia y volver con ella poco tiempo después, se bebió una botella entera de una de las bebidas más baratas y de mayor graduación alcohólica que encontró ―pueden creer que aún sigo sin explicarme dónde dejó el coma etílico― para convencerse de que tenía que poner remedio a lo que comenzaba a sentir por mí y se impuso olvidarme. Cuando lo consiguió, intentó enseñarme a jugar al mus.
―Ya que no vas a querer salir conmigo ―me dijo un día que hicimos pellas en la clase de Mates―, por lo menos acepta ser mi compañera de timba.
Ya entonces me tocó a menudo ir contra corriente, como las truchas pero sin escamas ―lo que me faltaba, un par de aletas―, al tener que soportar infinidad de chismes y desprecios, y descubrí también unos atributos de los que antes carecía: dos ovarios. Ahora puedo decirles que tendría que haberlos aprovechado más unos años después, pero entonces ya comencé a usarlos, aún con timidez, y pasé una gran parte del tiempo plantando cara a las dejadas y a su “camarilla”, curiosamente formada por aquellas amigas que se habían visto relegadas por la aparición del novio. A estas era a quienes más temía. Algunas incluso formaban parte de mi reducida pandilla, aunque en realidad yo prefería relacionarme con los chicos y de ellas no me fiaba demasiado. Y no sin razón. Nada más enterarse de lo que había pasado, me dejaban de hablar de forma implacable, sin ningún tipo de aviso ni de explicación, y empezaban su campaña “antimagda”: cuchicheos y mentiras de niñas tontas. El primer año lo pasé mal pero después comencé a usar esos nuevos atributos de los que les hablaba y adquirí una indiferencia indolente ante sus miradas malhumoradas. Y eso, paradójicamente, era lo que más les fastidiaba.
Pero en realidad nunca aprendí a manejar la situación, ni tampoco a jugar al mus, porque terminó el curso y al año siguiente nos asignaron turnos diferentes. Desde la distancia emocional que te proporciona la madurez, tengo que reconocer que el modo en que se olvidan las amistades juveniles resulta, cuando menos, curioso. Te pasabas un año compartiéndolo todo, llegando incluso a dormir en la misma casa para intentar preparar mejor los exámenes ―aunque acabaras haciendo cualquier cosa menos eso y no de índole sexual, como podría esperarse―, te ibas de excursión a los sitios más aburridos ―que no podrían creer lo que une visitar museos cuando lo que te interesa de verdad es el fútbol, con frecuencia lo que más atrae a los chicos de quince, y, aunque empiece a no parecerlo, esto no va de las cosas que no cambian nunca― y al año siguiente, por designios de la nueva distribución de las clases, te pasaban de segundo I a tercero J y dejabas de acordarte de nadie y nadie se acordaba ya de ti. Vuelta a empezar. De ese modo perdí yo a mis amigos más interesantes, aparte de por el insignificante detalle de que dejaran a sus novias para salir conmigo sin tener la gentileza de anunciármelo antes. Cuando el mal estaba hecho, ya no había marcha atrás: volver con la novia implicaba terminar de forma tajante la relación, aunque solo fuera de amistad, con Magda.
Y Magda tardó mucho en encontrar a alguien que le gustara de verdad, mucho en comparación con la media, que a los diecisiete años ya sabía todo lo que había que saber sobre sexo, condones, pastillas y revolcones en el parque. La media sabía todo eso, pero yo no. Yo solo fui precoz para las Matemáticas: a los cinco años ya había aprendido a dividir y a calcular reglas de tres. Pero el sexo tenía algo que no me cuadraba. En los números todo estaba escrito, había normas, métodos, procedimientos, teoremas, un mundo de paradigmas a los que recurrir y en los que me encontraba a mis anchas; sin embargo, el sexo era otra cosa. Para empezar, ni siquiera era capaz de llamarlo así. Omid ha hecho que le llame por su nombre, e incluso más, pero ahora tengo treinta y tres años y me han dejado, poco más o menos, así que puedo acostarme con quien me dé la gana. Entonces tenía la mitad, mucho miedo a lo que podría llegar y prácticamente solo chicos por amigos, por lo que, por culpa de mi filosofía de la vida y de la amistad, me resultaba aún más difícil encontrar a uno que fuera también amante o llegar siquiera a ofrecerle la oportunidad. Además, como ya les dije antes, las mujeres no me caían demasiado bien, a excepción de Laura, mi casi cuarta hermana.
Laura sí sabía de sexo o al menos sabía lo que era que un chico la besara e intentara meterle mano en la oscuridad de los pubs de los ochenta, pretensión a la que por aquel entonces aún no solía acceder. No mientras yo estuviera cerca. Pero ella es muy guapa. Sus ojos son grandes y de un color extraño ―imaginen, si les es posible, un topacio amarillo con incrustaciones verdes― y su pelo es negro y muy lacio y abundante. Supongo que la profusión de cabellos los excita mucho. Nunca se lo ha cortado por encima de los hombros. La promesa. El juego de la adivinación. Laura me contaba luego lo que hacía con ellos, cómo la habían acariciado o qué nombre recibía cada beso. Siempre eran caricias superficiales, si es que una caricia puede serlo, y algunas zonas estaban prohibidas hasta un momento indeterminado en el tiempo, en la pasión o en la vida, que no teníamos nada claro cuándo ni cómo llegaría. A esos lugares no se podía llegar. Por eso los brazos bajaban sin vacilar a proteger los senos mientras bailábamos abrazados. Pero recuerden: mientras bailaban ellas, no yo. Aunque Malena deseaba seguir el ejemplo de Laura, Magda siempre reprimía ese sentimiento y me resignaba entonces a pasar la mayor parte de mi tiempo enfrascada en los estudios, porque no había forma de convencer a Magda y mis pretendientes tampoco llegaron a insistir lo suficiente como para conseguir que mi sexualidad se despertara.
En realidad hubo uno que podría haberla despertado de sopetón, cuyos ojos eran más profundos que los de los demás y conseguía que me pusiera muy nerviosa cada vez que se me acercaba. En el viaje de fin de curso, que no recuerdo por qué estúpida razón fue en el mes de marzo, Rodrigo y yo pasamos todo el camino en el autocar haciéndonos cosquillas. Primero yo le acariciaba la espalda, los hombros, el cuello, las orejas, el cuello, los hombros, los brazos, esa zona de delante del codo ―cuyo nombre buscaré algún día en Internet, se lo prometo― y otra vez la espalda. Después, él me acariciaba a mí: los brazos, el cuello, las orejas… Con solo recordarlo se me eriza el cabello. Debería contarle esto a Omid, aunque hasta ahora no le ha hecho demasiada falta. Aún siento cada una de sus caricias. La piel tiene memoria. Si cierro los ojos, repite con precisión el recorrido de sus manos, grandes pero extrañamente suaves. Qué poco podía imaginarme que pudieran serlo tanto. Nunca antes nadie se había tomado tanta molestia como para demostrármelo. Más bien al contrario, las caricias de Mario siempre habían sido secas, ausentes, frías, recelosas; era como si mi cuerpo le ahuyentara en lugar de atraerle. Al tocarme, apenas me miraba y sus besos eran calmados, huidizos, parecían divagar en otros besos, en otros labios. Y terminaban siempre antes de tiempo.
Pero no se despisten, que en breve les contaré quién es Mario. Casi toda la vida con él y al final tuvo que terminar así; sigo sin poder creerlo, menos mal que el daño que me ha hecho se diluye con el tiempo. Sin embargo, aún le veo en sueños: sus ojos negros, su cuerpo de atleta griego, su tez suave y morena; me temo que sigo amándole, es demasiado pronto quizá para olvidarle pero, aunque Magda jamás lo hará, Malena le abandonó hace mucho. Con Omid he descubierto una forma diferente de querer, más corpórea, más sensual. En ella, yo soy la protagonista. Lo son mis pechos, lo son mis manos, lo son mis labios. Es mi cuerpo y es el suyo. Él hace que me se sienta nueva, inexplorada; como entonces, cuando Rodrigo y yo nos acariciábamos con picardía de viejos pero tosquedad e inexperiencia de chiquillos, y ambos sentíamos una mezcla de cosquilleo y excitación que durante aquel primer viaje de adultos incipientes se prolongó durante todo el trayecto, unas ocho horas de ida y otras ocho de vuelta, cuando, mientras los demás cantaban, fumaban, bebían y contaban estupideces en la parte de atrás del autobús, él y yo empezamos a darnos cuenta de que queríamos ser más que amigos.


El aire de la noche aún no se ha enfriado, las cortinas se mueven titubeando mientras una brizna se cuela por el hueco que a regañadientes le dejan los árboles, altos y puntiagudos; tanto, que invaden casi mi minúscula terraza. Mario siempre los odió, como se puede odiar a un árbol. Decía que eran los responsables de que apenas circulara corriente cuando las calurosas noches de agosto asediaban nuestro cuarto. Sus palabras vuelven de forma irremisible a mis recuerdos, Magda le trae aprovechando la menor ocasión. En mi imaginación se cuela su mirada pícara de niño mimado, su voz profunda, su altivez. También su sonrisa, amable de vez en cuando, esbozada por unos labios finos y, ahora me lo parecen, demasiado sonrosados. Pero Malena consigue expulsarle del rincón de la memoria en el que se nos hace visible y enseguida recobra el mando. No sé desde cuándo es ella quien nos dirige pero, al observar a Omid, agradezco que sea así. Nunca antes había sentido esta contradicción. Por primera vez, a Magda y a Malena las oigo con nitidez como si no fuéramos solo una o tres partes muy íntimas de mí que, aunque dispares, se complementan.
La exigua brisa parece buscarme, se deleita conmigo o al menos así lo siento, tal vez porque mi piel continúa en estado de excitación y percibo mil veces magnificado el roce más vaporoso. El calor tímido que la impregna y me envuelve provoca que se me erice el cabello. Aprovecho para volver a mirar al hombre que está a mi lado. Me resulta muy hermoso, aunque tal vez no lo sea tanto. Su pecho sube y baja en un vaivén acompasado que, para mi deleite, sigue el mismo ritmo de mi respiración. Sus pulmones y los míos se hinchan y vacían en sincronía; poco importa si es así o no en realidad. Puede que esa impresión se deba a la insensatez generalizada que me desborda en esta noche mágica y que todo lo que experimento no sea en verdad lo que parece. Pero de repente él se mueve y sus ojos se abren. En mi mente iluminan la noche. Como en el amor renacentista, que Garcilaso me perdone, se fijan en los míos, las partículas de amor entran por mis pupilas, mi alma se inflama. Y ahora Garcilaso sí que debe perdonarme porque hasta aquí dura la semejanza en nuestro sentimiento. Y es que yo pretendo amar carnalmente a mi Isabel, si él se deja.
―¿Qué hora es? ¿Qué haces despierta? ―pregunta mi amado. No piensen mal, es puramente metafórico, para seguirle la broma al gran poeta, cuyos geniales versos releí hace muy poco; pero no soy tan ñoña, apenas le conozco y las flechas de Cupido solo han servido aún para meterle en mi cama. Mil gracias te doy por ello, dios de los enamorados.
―No lo sé, pero debe de ser temprano, aún no ha amanecido. Solo estaba mirándote. Perdona si te he despertado.
El techo parece mucho más bajo cuando la sombra de los árboles, los odiados, se cimbrea contra él. Omid apoya el codo sobre la almohada, sostiene su cabeza con una mano, se reclina sobre mí y con la otra comienza a revisar mi oreja. Parece que le gusta lo que encuentra porque sonríe y, muy despacio, acerca su boca a la mía. Magda se resiste, no quiere que nadie la toque, como si aún fuera de Mario, no puede soportar ni tan siquiera el olor de otro, no puede evitar sentir que le traiciona. Me aparto un poco pero Malena vence y al fin me relajo y consigo responder al beso que se infiltra en mí y ocupa uno a uno todos mis nombres.
―No importa. Así podemos aprovechar un poco más el tiempo ―continúa al separar de mí sus labios. Creo que pocas veces antes he sentido esta atracción que me hace desearle tanto. Deseo abrazar su espalda inmensa, su torso abultado. La piel de Mario quizás era más suave, pero me sabía a poco. Omid sabe en cambio a arroz con leche, a vainilla y limón, a dulce de membrillo. Será que llevo años hambrienta y su cuerpo calma ese apetito. Sin duda, prefiero el amor carnal al del poeta y él me demuestra que también.

(Leer fragmento II)

(La fotografía de cabecera es de mi amigo José de Miguel, que puedes ver en su blog de magníficas fotos)

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