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Escrita en tu nombre: capítulo I (II)


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Continuación

Creo que es en eso en lo que al hacernos adultos más cambiamos. Con diecisiete años yo creía en el amor platónico. Ahora sé que sin el otro, el amor real está incompleto. Y es posible que Rodrigo, el de mi instituto, hubiera podido enseñarme entonces ya esto, si le hubiera dejado. Porque en los cinco días que duró la excursión a las playas malagueñas ―y es que hay que ver lo pobres que éramos entonces― en los que no dejó de llover, hablamos, nos reímos y nos escapamos a ver el amanecer en la playa, tumbados sobre una manta y helados hasta las pestañas, aunque felices, quizá de estar juntos. Pero él era tímido y yo idiota. Y volvimos sin saber muy bien qué había pasado ni qué podría pasar. Hasta que, de nuevo en uno de esos bailes de música lenta en la discoteca de regreso en Madrid, me pidió salir. Aquello constituía el primer paso para llegar a mayores. Por fin. Pero yo tenía que pensarlo; ya saben, era mi amigo, y le rogué que me diera algún tiempo para contestarle. Justo el día que decidí anunciarle que sí, que quería ser suya para siempre, después de consultarlo con Laura ―que evaluó las ventajas y los inconvenientes en unos diez minutos más o menos―, apareció con una novia que tenía en no sé qué club de deporte para medio ricos del que su familia era socia. Sé disimular hasta llegar al histrionismo si me lo propongo, así que hablé durante horas con aquella chica maravillosa y repugnante a la vez, quien incluso se alegró mucho de conocerme después de tanto tiempo oyendo hablar de mí. No saben lo que me alegré yo de conocerla después de tanto tiempo de no haber oído ni una palabra sobre ella.
Rodrigo nunca llegó a averiguar que ese día mi intención era contestarle, que llevaba días imaginando cómo serían sus besos y que aquella niña casi mujer, tan dulce y repugnante al mismo tiempo, consiguió que mi corazón se llevara el gran chasco de mi corta vida. Sin embargo, a él no le dije nada. Solo se lo conté a Laura, quien gracias a dios le puso a parir, y nos pintamos para la ocasión, nos vestimos de gala y nos fuimos a bailar, ya que, según ella, así era como se arreglaban esos asuntos.
Días después me enteré de que Rodrigo había dejado a su acompañante y de que una tal Antonia, una amiga suya experta en amores ―o eso se creía ella porque se había acostado ya con unos cuantos― le había aconsejado que lo mejor que podía hacer para que saliera con él era darme celos y para ello usó a la niña casi mujer con quien salía de forma esporádica en el club y que andaba loca detrás de él. Pero la supuesta experta no contó con que yo no reaccionaría como ella suponía. En lugar de aferrarme a él, le dejé marchar. Me puse mi máscara encubridora de mí misma y se lo cedí a aquella niña de pelo castaño y sonrisa tímida que había perdido a su padre hacía poco y que me miraba como si supiera que iba a reaccionar como lo hice y que aquella era la única oportunidad que tenía de evitar perder a su novio.
¿Por qué lo hice? Ahora lo sé. Aquella fue la primera ocasión en la que conscientemente no pude anteponer mi placer o mi bienestar a los de los demás ―no saben cuánto deseaba que Rodrigo volviera a hacerme cosquillas en aquella zona de detrás del codo, ya saben, la de Internet― pero no sería la última. Entonces comenzó ya a manifestarse uno de los rasgos de mi carácter que más disgustos me han dado. Pero ahora Rodrigo está casado con aquella chica indefensa y muy inteligente, e incluso tienen tres hijos, así que no me arrepiento de aquello, aunque sí me arrepentí muchas veces de no haber abofeteado a Antonia. Para que se metiera en sus asuntos.


Omid me acaricia el pelo, quizás piense que ya estoy dormida, no puede ni imaginar que no voy a volver a dormir jamás no vaya a ser que esta felicidad se duerma conmigo y no despierte nunca. Se levanta; está desnudo, completamente desnudo. Solo en el cine malo los actores se ponen una sábana por encima antes de levantarse de la cama para ir al baño. Son capaces de tirar al suelo a su amante haciéndole rodar por encima del colchón para cubrirse con algo. Siempre me reía con Mario cuando veíamos escenas similares en muchas películas, aunque no en las españolas; en esas, incluso se les ve meando. Pues claro, ¿es que los americanos nunca mean? Y todos son delgados, guapos y altos. Como Omid, es un milagro, guapo y alto. No puedo creer que esté en mi baño. Mario también lo era, pero él es tonto, siempre lo ha sido, aunque sus grandes ojos negros no lo demostraran y lograran deslumbrarte durante un tiempo. De otro modo, no habría hecho que perdiéramos parte de nuestra vida en un engaño.
Después de Rodrigo, al final me enamoré de Mario. Fueron sus ojos, estoy segura, sus ojos negros los que a él me ataron durante casi quince años.
Laura y yo habíamos quedado para dar una vuelta por el pueblo. Estábamos en fiestas y todos salían y entraban sin cesar en los bares, se subían y bajaban de los cacharros de la feria y se apretujaban en los chiringuitos que las peñas montaban en viejos locales o en la misma calle, donde se bailaba, se bebía y se comía sin parar. Y, además, se miraba. Allí nos reuníamos los jóvenes del pueblo y todos terminábamos conociéndonos antes o después. En aquella época solía hacer frío, pero esa noche había comenzado con una tibieza en el ambiente que parecía provenir de la gente, más que de un fenómeno atmosférico. No llovía, no hacía viento, no estaba nublado. Tan solo una turba de personas paseaba por las calles y se escuchaba la música y los gritos de los paseantes y de los que pretendían cantar. Las guirnaldas de luces iluminaban el agua gris, con pedazos de fiesta, en la fuente de la plaza. Nos acompañaban unos amigos de la hermana de Laura, mayores que nosotras, y no teníamos hora para llegar a casa. Ella se movía como pez en el agua entre miles de chicos que la rodeaban, siempre la rodeaban. A eso estábamos las dos acostumbradas. Yo bailaba con uno de mis amigos del instituto que se había acercado por allí con su grupo. Entonces le vi; me miraba persistentemente mientras con una mano sujetaba un mini de cerveza y con la otra me hacía señas para que me acercara.
―Laura ¿conoces a ese? ―pero Laura ni le miró, solo me sonrió y siguió jugueteando con otro de sus admiradores. Solté a mi acompañante y le dejé allí donde se quedó de pie. No era cuestión de no hacer caso a un chico como aquel, tan atractivo, cuyos ojos magos seguían sin apartarse de mí. Como si eso fuera a ocurrirme alguna otra vez en la vida. Así que me dirigí hacia él. Pero, en el trayecto, mi compañero de clase resbaló hasta caer a plomo sobre el suelo. Me desvié para recogerle y, cuando le hube vuelto a dejar en una posición medianamente decorosa, reanudé mi camino. Para mi desesperación, Mario ya había desaparecido. Por supuesto, me empeñé en olvidarle, pero mi subconsciente no me hizo caso. Aquella noche soñé que me besaba, que me enamoraba con locura de él y ―por qué no, era mi sueño― él hacía lo propio conmigo. Cuando desperté, sentí una mezcla de excitación, rabia y atontamiento, supongo que debido a la cerveza de la noche pasada. Laura se levantó un rato después y, mientras tomábamos leche con Colacao y muchas galletas para desayunar, se lo conté.
―Te apuesto una hamburguesa con patatas y tortitas con nata a que terminas saliendo con él ―me dijo, siempre tan optimista y tan glotona.
―Laura, estás como una cabra, no le conozco de nada y no creo que vuelva a verle.
―Ya veremos ―medio gritó, mientras se encaminaba hacia la ducha.
Al cabo de unas semanas me llevé la sorpresa de mi vida cuando el protagonista de mi sueño apareció en el instituto para ver a uno de mis compañeros de clase. Así que los milagros existen, al menos cuando se tienen dieciséis años y son tan nimios como ese.


Pues claro que los milagros existen, Malena, o si no, levanta la cabeza y dime qué hace ese tío metiéndose en tu cama. Omid es más que un milagro, es casi una bendición y menos mal que no soy creyente porque si lo fuera podría proferir alguna que otra blasfemia. Se tiende a mi lado y se tapa con mis sábanas. Su pecho terso y todavía algo húmedo se pega en un lengüetazo a mi espalda. Sus brazos rodean mi alma. Mi vida se diluye, se deshace la sórdida pesadumbre de mis recuerdos. Gracias, amor mío, por no ser marica.
Pero, aunque tal vez los milagros existan, es segurísimo que no vienen en tandas. E incluso, a veces, no lo son más que en nuestra imaginación y lo que en un principio se suponía un deseo se termina convirtiendo en una realidad insoportable. Eso, más o menos, fue lo que sucedió con el milagro de Mario. Y aunque ahora creo que no fue sino la mala suerte la que se cebó conmigo, entonces pensé que debía agradecérselo a mi destino: solo eso podía explicar que mi recién estrenado amado jugara en el equipo de fútbol con una buena parte de mis amigos de clase. Así que, al final, mi fantasía podía llegar a materializarse.
―Ya puedes ir ahorrando, Malena ―me soltó Laura cuando le conté que aquel chico con el que había soñado en las fiestas conocía a Regino, a Borja y a muchos otros de mi curso―. Me voy a poner morada ―repetía. Entonces no teníamos ningún problema con el peso. Parecía que todo lo que comíamos servía para alimentar a otras cuatro o cinco personitas que vivían dentro de nuestros cuerpos y que se repartían los kilos. Delgadas, delgadas, delgadas. E ilusas, ilusas, ilusas porque creíamos que eso importaba algo ―como si la felicidad se pudiera medir alguna vez según el agujero en el que se abrocha uno el cinturón―, pero, por ello, felices. Laura parecía una muñequita de porcelana, con los labios gruesos de color frambuesa, el culo prieto como una manzana o, mejor, como una pera y la vida encumbrada en su mirada. Y yo era menos muñequita pero tenía cierto encanto, que aún mantengo, aunque sea lo único que no ha cambiado en mi físico con el tiempo.
―Malena, cariño, tienes que ir a ver cómo se entrena. Seguro que se fija en ti, hazme caso ―se empeñaba en repetir Laura por el día y por la noche. Y por si acaso no seguía su consejo y para no perder la apuesta, se aseguró de que todos los amigos de Mario se enteraran de que Malena estaba loca por él. Pero algo dentro de mí me impedía ir más allá, no fuera a rechazarme, y así, mientras ella se mantenía ocupada investigando con esmero a los hombres para después contármelo con profusión de detalles, yo seguía alimentando mi amor platónico por él, muy a escondidas, para que no se me notara nada, a pesar de que por el instituto corría la voz de que la inquebrantable Magda estaba muy enamorada. Para matar a Laura. Así que yo continuaba pensando en él, aunque procurando mantenerme a salvo. Intentaba cruzarme con su sombra cuando se acercaba a ver a alguno de sus compañeros de equipo, pero siempre conservando una capa de invisibilidad que pudiera ampararme ante posibles peligros. Qué le vamos a hacer, siempre he sido tímida y, ya saben, un poco idiota. Así que pasó mucho tiempo antes de que Mario, alentado cada día por un amigo distinto, empezara a fijarse en mí, porque él no se acordaba de haber llamado a una chica como yo en ninguna fiesta patronal y mucho menos de que ella no hubiera acudido a su llamada. Cómo iba él a haber sido ninguneado por una niña delgaducha y de pelo ondulado y sedoso, pero poco vistoso ―no se vayan a pensar―, con la vista perdida en un universo de quásares y moléculas, integrales y silencio.
Por suerte, al fin llegó el verano y pude olvidarme durante algún tiempo de sus ojos. Con el calor sobrevenía la inactividad y Laura y yo podíamos dedicarnos a lo que más nos gustaba: pasear, charlar, hacer planes para cuando nos hiciéramos adultas y pudiéramos viajar, ver mundo, conocer otros lugares, otras gentes y, cómo no, algún chico más guapo y más tierno de lo que ese pueblo, tan insustancial y zafio, podía ofrecernos. ¿Ven ustedes?, acabo de encontrar algo que sí ha cambiado con el tiempo. Los niños han dejado de jugar unos con otros, sin maquinitas de por medio. Ya no saben hacerlo, sobre todo si tienen que mojarse y correr y sudar, o tal vez sea que no les dejan, no vaya a ser que sigan siendo unos críos demasiado tiempo. Nosotros corríamos unos tras otros durante las doce horas diarias que nuestras madres nos echaban, literalmente, a la calle. Después de plantearme en alguna ocasión tener un hijo y de observar el comportamiento de algunos de los de los demás mientras saltan con los zapatos puestos sobre mi sofá, no entiendo cómo nuestras madres, sufridas y siempre madres, podían soportar un promedio de cuatro o cinco mochuelos por casa y cómo las doce horas no eran dieciséis, más ocho horas de sueño, veinticuatro. Asunto arreglado. Ese tiempo era el que empleábamos nosotros en jugar al escondite, al rescate, al látigo o a la goma. Pero no se asusten porque mi historia no pretende llegar a una época tan lejana. Tan solo deseo retenerla porque, en el fondo, la añoro. Añoro su sencillez, la seguridad que da la dependencia de otros y, sobre todo, la simplicidad que implica la asexualidad de la infancia, que no te impulsa a buscar una pareja con el ansia con que se persigue en la madurez. También añoro la juventud, como la mayoría de ustedes, estoy segura, pero menos que aquella época de la que mi recuerdo más tierno evoca el baño de antes de la cena, conjunto con algunos de mis hermanos para ahorrar agua y gas, y cómo nos sentábamos después con mi padre a ver la película del miércoles, que era cuando él libraba, a veces.


Omid me sorprende con su placidez de niño mimoso y arrugado. Se ha quedado dormido. Qué poder hay en observar el sueño de otros, su descanso, a veces su inquietud. Sería tan fácil hacerle daño. Pero, ¿cómo podría? Él ha logrado que me resarza de muchos años en solo unos días o, para qué engañarme, en solo un minuto. Ignoro lo que sucederá de aquí en adelante, pero no puedo ignorar lo que me hizo sentir hace unas horas: la dulce sensación que se contagia aún con el recuerdo. Besos de lluvia, húmeda y profunda, caricias de plata que siguen fundidas con mi alma. Sexo sin amor. Qué poco importa cuando sirve para olvidar amor sin sexo. Sin embargo, aunque no le ame, me siento muy cerca de él, mucho más de lo que nunca estuve de Mario. Y se me hace muy extraño descubrirme tan próxima a un hombre al que apenas conozco, pero lo cierto es que me duele pensar que dentro de unas horas ya no podré espiarle así, indefenso y tan ajeno.
El ruido insolente del autobús que pasa por mi calle se estampa contra el cabecero de la cama. Pero a él no parece importarle. Duerme como un bebé de pecho, con la quietud de saber que nada le perturbará. No te preocupes, amor mío, que yo estoy aquí para que nada te ocurra, para que nadie te haga daño. Como en una lección recién aprendida en un subconsciente nuevo, me levanto y cierro la ventana; he de impedir que el ruido obsceno consiga entrar y malograr su sueño. Desde este rincón, la luna se ve como un círculo cerrado que desafía soberbio mi guardia e introduce su destello hasta el fondo de la habitación. Él se estremece en ese instante y la mitad de su cuerpo queda iluminada por una luz blanca y brillante que lo resalta mucho más, al contraponerse con la penumbra que esconde el resto. Instintivamente, Malena necesita verle desnudo; confirmar, como un macho recién estrenado en las lides del amor, que su conquista es la más espléndida. Y Magda llora, se resiste a seguir traicionando a Mario, pero Malena la aparta y me acerco por tanto a retirar la sábana que tapa su figura esbelta de perfiles difuminados. Con la luz como cómplice la observo completa. Jamás vi así a Mario; jamás pensé que vería así a nadie.
En un segundo, una nube maldita se apodera de mi aliada y la imagen que escruto se desvanece entre las sombras. Pero no puedo consentirlo y me convierto en pagana para invocar a cualquier dios que quiera escucharme y le ofrezco mi vida a cambio de volver a contemplar ese vientre magnífico. Aun sabiendo que no ha sido obra suya, le atribuyo la victoria cuando la nube odiosa deja de tapar la luna y la desnudez de Omid vuelve a desparramarse sobre las sábanas. Su pecho es ancho, sus muslos esbeltos, sus hombros torneados. La punzada de vergüenza por observar así a un hombre del que no sé nada llega por fin. Magda la aprovecha para intentar convencerme de que baje la persiana, le tape y me duerma, aunque sea a su lado. Pero Malena vence. Me acerco en silencio a por la cámara y el trípode; hace poco que he aprendido a hacer fotos sin luz y los coloco en el mejor ángulo para poder acaparar en un instante la esencia de mi amado. Su cuerpo entre sombras y claros es lo más bello que he visto nunca. Si lo atrapo en un negativo, será mío para siempre.

(Continuará)

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