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Cómo vivir o una vida con Montaigne


Si algo me maravilla cada día más de vivir la Universidad son los inmensos mundos que abre para ti. De no escaparme para allá todas las tardes de los jueves a mis clases de historia, literatura o lingüística, no creo que hubiera leído nunca este magnífico ensayo de Sarah Bakewell, que ha publicado hace poco la editorial Ariel.

En estos momentos en los que ando megasupercabreada (por ponerlo de la forma más hortera posible para ridiculizar el sentimiento y así aminorar su efecto en mi estado de ánimo, que dicen los psicólogos) con lo que está pasando en la educación (lo demás, los problemas de griegos, alemanes, americanos, indios, keniatas, etc. etc. ya he conseguido castigarlo a pensar en un rincón y allí estará algún tiempo indeterminado en aras de la tranquilidad de mi inquieto y crítico espíritu), leer escritos inteligentes, bien organizados y que te inciten a pensar me hace recuperar la fe en que las personas, cuando queremos o nos dejan, utilizamos la mente para algo útil.

Escuchando el programa de Juanra Lucas esta mañana, y últimamente muchas mañanas puesto que por fin hablan de educación de vez en cuando, pensaba en cómo hemos llegado a esto. El año pasado, cuando nos la colaron con el bilingüismo en la ESO y el Bachillerato, yo le pregunté a una profe amiga mía: "Y ¿cómo admitís esta barbaridad? ¿Por qué no salís a la calle? ¿Por qué no hacéis huelga? ¡Quejaos! Dejad de aceptarlo todo y gritad". Le dio un ataque de risa. Según ella, "como los profesores están divididos entre los güenos y los malos, Esperanza puede hacer lo que le dé la realísima gana con la educación que, mientras no nos toquen los sueldos y el horario...".

Ahora la educación pública de calidad está abocada a desaparecer pero al menos ya podemos quejarnos todos, porque ya sí que nos creen: ¡anda! si ahora resulta que los padres que éramos unos tocapelotas incorregibles porque dábamos la lata a la dire de nuestro colegio sin terminar, sin material, sin profesoras, sin calefacción, para que se quejara al menos, para que nos ayudara y hablara por sus alumnnos ante la disciplente Consejería de Educación; nosotros, los padres coñazo para los profes porque escribíamos cartas y cartas la Dirección de área territorial, a inspección educativa, incluso a la excelentísima Lucía Figar (¡ay! qué ilusas...) exigiendo nuestro derecho a que no jodieran adrede la educación pública para favorecer la privada y con esas quejas poníamos en entredicho su forma de trabajar; resulta que ahora nosotros, los padres conflictivos, teníamos toda la razón y que vaya mierda de sistema que nos están dejando entre unos y otros.

Y entonces, para serenarme, vuelvo a Montaigne. Sí, en libros como este del que os hablo busco últimamente las respuestas. Porque en días como hoy en los que mis dos mochuelos de primaria me vienen a casa con un panfleto que sus profes les han dado en el que, después de seis años de pedirles su ayuda para solucionar los problemas reales de sus alumnos (resumiendo mucho: que la Consejería construyera por fin el edificio de primaria y el gimnasio y dotara de profesores y de material al centro), después de todo ese tiempo, esos mismos profesores que en la reunión con el inspector de área se reían de nosotras las madres porque éramos unas histéricas que no sabíamos valorar lo que teníamos, esos mismos profesores van y me piden como madre mi colaboración para conseguir una educación pública de calidad. Y continúan "no nos movilizamos por bajarnos el sueldo, sino por los despidos y en defensa de la enseñanza pública.".

Así que, en este momento, necesito la lucidez que me proporciona leer a personas inteligentes como Sarah Bakewell y Montaigne que, a cada una de sus preguntas, esgrimía veinte intentos de respuesta. Os lo recomiendo. Simplemente porque volver atrás a veces es útil para seguir adelante. Y a ver si alguna de las profesoras que se reían de mí por pedir una educación pública de calidad hace un par de años se digna a darme al menos una explicación de por qué han esperado tanto para reaccionar. No me hacen falta veinte, con una sola me daría por enormemente satisfecha.

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