Ir al contenido principal

Otro fragmento de mi novela Escrita en tu nombre



Muy atrás en mis recuerdos quedaba la época en que la gente más guapa y elegante de Madrid entraba y salía de las discotecas y pubs de la zona de moda exhibiendo su glamur y su estela de vanidades. Detrás de ellos, acechando su dinero y su lujuriosa y consentida drogodependencia, habían llegado los traficantes, a la zaga les siguieron las redadas de la policía en su busca que ya les describí y, después de algunos años de incesantes persecuciones destinadas, más que a los vendedores, a los posibles consumidores ―o sea, a toda la clientela, dado que todos sin distinción sufrían los cacheos impertinentes, con independencia de su procedencia o inclinaciones―, aquellos que se podían haber catalogado de no problemáticos habían abandonado la zona y se habían trasladado a otras donde los fulgores provinieran de las luces de neón y no de los coches de policía. Ya les conté cómo mis padres habían sido sancionados al haberse encontrado droga en el transcurso de una redada, que alguno de los clientes o de los camellos que pululaban por allí había abandonado en el baño, y conseguían resistir a duras penas en ese sueño malogrado, a pesar de los meses que el local había permanecido cerrado y de la cuantiosa multa que les habían impuesto, gracias a que habían ampliado el horario y ahora abrían cuando los demás negocios ya habían echado el cierre. Los clientes que se resistían a volver aún a casa se dirigían al tablao como último refugio, junto con muchos de los camareros, bailarinas, pinchadiscos, etc. de los otros garitos, que se tomaban allí la última copa. Por eso, habían llegado a odiar en lo que se había convertido su medio de vida y habían contratado un jefe de sala que, aunque se llevaba parte de la caja de cada noche a falta de alguien que le controlara, evitaba que el resto de los camareros hiciera lo mismo y de este modo ellos podían quedarse en casa la mayor parte de los días. Sin embargo, todos sabíamos que había que empezar a pensar qué hacer con el negocio porque se estaba convirtiendo en una bomba de relojería. Tic-tac, tic-tac. El día de Año Nuevo explotó finalmente.
Mi padre conducía. Las luces se movían vertiginosamente a medida que avanzábamos, en la radio sonaban programas musicales grabados que amenizaban la resaca, apenas había coches en la calzada. Los últimos juerguistas que se resistían a abandonar la fiesta circulaban oscilantes por los paseos laterales de La Castellana, muchos iban abrazados en un intento a menudo estéril de burlar la gravedad y parecían felices. La felicidad de Año Nuevo es tan efímera como las confusas doce campanadas. Sobre todo se veían barrenderos equipados con cientos de cubos y escobas cuyo objetivo era recoger los miles de cristales, confeti y demás basura vestigio de la inolvidable fiesta.
Cuzco olía a orín y a pólvora. Los desconocidos tirados en las esquinas solían vestir con decoro, incluso con corbata acorde con la ocasión; lo que no se correspondía con su cara, muchas veces desencajada y otras tantas inundada de vómito. Apenas los miraba, solo lo suficiente para cambiar de idea y comprobar que los borrachos no tienen nunca pinta de ser felices. Al llegar a la sala, saludé a Mauricio, que estaba apostado en la puerta. No podía reprimir un estremecimiento de angustia siempre que volvía a verle. Era senegalés, tenía veinticinco años y en su país había estudiado dos carreras, similares a las licenciaturas de Empresariales y Derecho de España. Lo había averiguado una noche que fui a tomar una copa y me había sorprendido verle con un gigantesco libro de Derecho Mercantil en las manos, tan gigantesco que, a pesar de ser recias, difícilmente lo sostenían. Mauricio medía lo que un armario, pero cuando hablaba, la dulzura de sus ojos negrísimos y brillantes se adueñaba de su semblante. Siempre me había parecido un hombre afable y muy educado, y sin embargo en esta ciudad de habitantes no racistas no había conseguido otro trabajo más que el de portero-matón para el que mi padre le había contratado. No había sido su inteligencia la que le daba de comer al llegar a este país repleto de emigrantes regresados sin memoria, sino sus brazos fornidos y eso me dolía sobremanera porque yo misma, pensaba, me moriría de hambre si me viera obligada a huir fuera de mi patria y me tocara la infame suerte de que allí donde llegara me midieran por el mismo rasero.
Pasamos dentro y me metí en la cocina. El olor a tabaco que ocupaba el local me repugnaba. Una vez se había infiltrado, no había manera luego de que desapareciera de la piel, del pelo, de la ropa; ni tampoco se podía enmascarar con ningún ambientador. Estaba adherido a la pintura de las paredes, incrustado en la madera rancia y pisoteada de las tablas, en las fibras sintéticas de los asientos; y no desaparecía del todo ni cuando pintábamos o nos llevábamos las fundas para meterlas en la lavadora. Más bien al contrario, ese olor lograba infiltrarse en nuestra casa y tardábamos días en hacer que se evaporara. Pero en el cuartucho que se usaba como cocina al menos había un respiradero y se podía intentar aspirar el aire de la calle, enrarecido pero menos concentrado. Por eso no vi llegar al tipo pequeño y desmañado que se coló en la estancia a toda prisa. Mauricio había entrado un momento antes a hablar con mi padre, que estaba detrás de la barra abriendo la caja registradora. Noche tras noche, la recaudación se iba haciendo más modesta, dentro de poco no daría ni para cubrir los gastos. Mi madre, que cada día soportaba peor acudir al bar de esta forma, se había refugiado conmigo en la cocina. El hombre pequeño tenía el pelo corto y grasiento, sucio de varios días, y la mirada vacía. Como el corazón. Llevaba las manos metidas en los bolsillos. Preguntó dónde estaba el negro de mierda. Mi padre ordenó a Mauricio que entrara en una habitación minúscula que hacía las veces de despacho. Pero él no le oyó y se dirigió a comprobar qué quería. Entonces todo se precipitó. El hombre pequeño sacó una pistola enorme y pegó tres tiros. Fueron directos a Mauricio. Dos le rozaron el hombro, el tercero le atravesó el pecho. El hombre pequeño se giró y salió a toda prisa. El hombre grande también parecía ahora insignificante tirado en el suelo. Mi padre saltó de detrás de la barra y corrió a socorrerle. Los camareros y el pincha, que aún permanecían en el local, formaron un corro alrededor de ellos. Sólo uno hizo ademán de salir tras el hombre pequeño, pero los demás se lo impidieron.
―¡Dejadle, dejadle! ―chillaba mi padre―. No salgáis de aquí y llamad a una ambulancia. ¡Por el amor de dios, se está desangrando!
Yo ya había avisado a la policía y se oían sirenas en un eco lejano. Mauricio yacía desplomado; su rostro ahora se veía hermoso, muy hermoso, no solo dulce. Aún tenía los ojos abiertos; eran muy rasgados, pero ahora lo parecían más por culpa del dolor que intentaban reprimir. Mi padre procuraba taponarle la herida con una servilleta verde Andalucía, que paulatinamente se iba tiñendo de rojo Sangre. Estaba hablando, creo que rezaba. No entendía nada de lo que decía, pero debía de ser un rezo porque la cadencia y el ritmo de las palabras se asimilaban a los de una canción o un poema, quizás una oración. Una oración destinada a un dios que abandona a los que más le necesitan, volví a pensar segura de mi cada vez más acuciante ateísmo, poderoso y cruel por manifestarse omnipotente pero no sobrevenir más que como consuelo. Sí, ese debía de ser su mayor valor: consolar con su promesa. La oración era como una melodía, armoniosa, acompasada; y su ritmo iba menguando.
―No te mueras ―le gritaba mi padre―, joder, no te mueras. Por favor, no puedes morirte así, no puedes haber luchado tanto para venir a este país solo a morir. Ese hijo de puta es un mierda, no dejes que se salga con la suya ―las lágrimas transparentes y saladas comenzaban a resbalarle por las mejillas.
Sin embargo, él ya no le oía. Estaba cerrando los ojos; su luz, la más limpia y deslumbrante que yo haya visto nunca, se extinguía, aunque sus labios seguían moviéndose. Hasta que de repente se pararon. Acababan de entrar por la puerta los de la ambulancia. Demasiado tarde. Mauricio murió desangrado a las 10 de la mañana del día de Año Nuevo en los brazos de un hombre roto.
―Si hubieras sido un cabrón, si no hubieras sido buena persona, aún estarías vivo ―repetía sin cesar apretando su cabeza entre las manos. Entonces volvió a sonar la canción de fondo: “A bailar, a bailar, a bailar, todo el mundo a bailar, alegre sevillana, todo el mundo a bailar, a bailar, a bailar, ¡todo el mundo a bailar!”.
El hombre pequeño había pasado la Nochevieja en el tablao. Iba acompañado de un amigo y dos chicas. En un momento de la celebración, ellas decidieron cambiar de pareja y al hombre pequeño no le sentó demasiado bien, así que había propinado un puñetazo a su competidor y Mauricio le había echado de la sala. Si en ese momento, en lugar de haberle expulsado fuera, le hubiera dado una paliza tal que se lo hubieran tenido que llevar al hospital, no habría podido volver a buscarle, al menos no con la incontenible rabia que quedó desparramada junto con el reguero de sangre sobre la tarima. El asesino era un preso de la cárcel de Navalcarnero que disfrutaba de un permiso de Navidad, muy integrado de nuevo en la sociedad a la mitad de su pena ―como pudo verse con claridad en la frialdad con que tomó su arma y la disparó sin vacilar― y que tenía unas ganas incontenibles de hacer daño. Su orgullo de preso presuntamente reinsertado no le había permitido pasar por alto que un negrata le echara de la fiesta, así que había decidido volver a matarle. Y lo había hecho.

Comentarios

  1. Bastante interesante este fragmento de tu novela. Me gustaría leerla entera.

    Te dejo aquí mo Blog por si también te interesa:

    http://www.eltrotacuentos.blogspot.com

    ResponderEliminar
  2. Gracias bixito. Tienes un blog precioso.
    Amelia

    ResponderEliminar
  3. Examinando superficialmente este fragmento, te diría que la prosa tiene un par de características que convencionalmente se quieren "poco deseables". Si estás buscando publicar, esto puede ponerte suficientes trabas.

    Si no lo has practicado ya, te recomendaría llevar un fragmento similar a un taller de narrativa, que en mi experiencia personal -aunque lo hice ya hace un tiempo- suele ser útil.

    En fin, espero que el comentario no te provoque ninguna mala reacción, y espero que prosperes en tu ejercicio narrativo. Un saludo.


    -B

    ResponderEliminar
  4. Hola Arrowni,
    gracias por tu comentario. Y no entiendo qué mala reacción puede provocar, no creo que sea para tanto. Sí me habría gustado que me hubieras indicado cuáles son esas características queridas poco deseables, porque siempre viene bien aprender de quien sabe más, pero entiendo que no te apetecía especificarlas. Tengo varias características poco deseables en mi escritora, y lucho por eliminarlas; la principal: la tendencia a escribir frases largas, subordinadas o no. Y tengo alguna otra, pero llega un momento en que debes abandonar una novela y dejar de corregir, al menos durante algún tiempo. Si algún editor decide apostar por la novela, volveré sobre ella, con ojos nuevos y más críticos aún.
    Amelia

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Novela "Escrita en tu nombre": primer capítulo

Capítulo I


Por fin conseguí tocarlo. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro. Tal y como me lo había imaginado la primera vez que lo vi aparecer con sus pantalones negros deliciosamente ajustados y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra pero con probabilidad homosexual, tan de moda últimamente. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí: Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según mi partida de nacimiento y solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Gracias por haberte encontrado aun después de tanto tiempo. Sí, gracias por permitirte sentir, al fin.
Debe de ser la placidez que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la enajenación postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Hasta escritoras con premios Planeta emplean la palabr…

Reseña de la novela "Escrita en tu nombre"

Quizás el destino lleva a encontrarse a Malena, una mujer divorciada que descubre que puede ser amada, y a Omid, un iraní exiliado que descubre que puede amar. Pero él es demasiado perfecto para ser de ella y ella demasiado insegura para creerse de él. Y ambos viven atormentados: él porque siente que debía haber muerto cuando consiguió escapar de su país a través de la frontera con Turquía, durante la cruenta guerra contra Irak; ella porque cree que jamás podrá ser feliz. Y tal vez será de nuevo el destino el que demuestre su existencia cuando la vida de ambos parezca estar escrita en sus nombres.

Además de las suyas, en "Escrita en tu nombre" se narran otras historias de desengaños y segundas oportunidades, de superación y muchísima esperanza. En ellas se muestra a seres humanos rebelándose contra aquello a lo que parecen predestinados; luchando contra la sensación de que todo lo que son, sus elecciones, sus anhelos y hasta sus nombres, les encamina sin remedio hacia una s…

Hoy he visto llorar a un niño con TDA

Salía de clase detrás de sus compañeros pero, a diferencia de ellos, él no llevaba puesto un mono de esquiar ni los mofletes rojos del sol ni el pelo enmarañado del aire frío de la sierra. Él llevaba puestas unas lágrimas claras y dolorosas de niño rechazado, al que le han prohibido ir a la excursión como los demás niños de su clase, como los "normales".

Tengo que explicar que, para mí, Sergio es un niño normal aunque, en realidad, no lo sea: es un niño empático e inteligente como pocos, de los que se quitan su chaqueta y se la ofrecen a su amigo si se dan cuenta de que tiene frío. Lo sé además porque le doy clase de inglés, junto a algunos otros amigos de mi hija, compañeros todos del colegio. En el sistema educativo actual, él, por sufrir el denominado Trastorno de Déficit de Atención, está catalogado como un niño con necesidades educativas especiales. Sin embargo, en mi clase, él es el que mejor se porta, quizás porque le quiero mucho y él me quiere a mí, y eso, él tan l…