Ir al contenido principal

Reseña de "La carretera", Cormac McCarthy

Edición de Random House Mondadori, Barcelona, 2007, 210 pp.

El Premio Pulitzer de Ficción en 2007, "La carretera", es una impactante novela de ciencia-ficción, que atrae y horroriza desde la primera página: una hecatombe ha arrasado el planeta; ha extinguido casi toda la vida; y ha sumido la Tierra en la sombra, la contaminación y el frío provocados por las cenizas de lo que se quemó, que es casi todo. En menos de diez años, los hombres han involucionado hacia dos tipos: los "buenos", que intentan respetar a los demás; y los "malos", caníbales despiadados. Nadie exhibe un distintivo que lo defina y el encuentro entre los escasos supervivientes está impregnado de la aterradora incertidumbre de la naturaleza de los otros. En este desolador contexto, un hombre enfermo de muerte y su hijo de nueve años, pertrechados con un carro en el que llevan todo lo que tienen, recorren la carretera que conduce a la costa con la esperanza de hallar calor y comida. El argumento se construye a partir de la relación entre ambos; el modo en que el padre intenta trasladar a su hijo lo que le queda de sus valores –arrasados a veces por su instinto de supervivencia--; y la bondad y piedad innatos del niño; en un mundo horrible, en el que su amor es lo que les lleva a mantenerse vivos a pesar del hambre, el miedo, la desolación y el anhelo de lo perdido o de lo no vivido. Para articular el argumento, el autor recrea situaciones límite de ese statu quo: la deshumanización de quienes devoran a sus vástagos descabezados y destripados; la brutalidad premeditada de los que capturan y mantienen prisioneros a los viajeros para ir arrancándoles las partes del cuerpo que se van comiendo; la vuelta a la barbarie de las caravanas de guerreros que esclavizan a hombres y mujeres; o la indolente desesperación de la madre ciega que la lleva a suicidarse y abandonar a su pareja y a su hijo.

En el relato tienen especial relevancia las creencias. Este interés se materializa en el pensamiento del padre que está convencido de que su hijo es el mejor de los hombres en esa Tierra despiadada --una especie de mesías que porta una fe nueva, basada en sus afectos y en los valores humanos, y no en un Dios sobrenatural, cuya muerte se proclama--, quizás por la necesidad de contrarrestar su otro pensamiento reiterado y angustiante que le atormenta y le obliga a reservar una bala de su pistola: ¿debería asesinarle cuando su propia muerte sea inminente o si estuvieran a punto de cazarles? En esta necesidad de esgrimir una razón metafísica, distinta de la meramente visceral que impide dañar a quien se ama, para dejar vivir al niño a pesar de la convicción de que sufrirá trasluce la trama de la novela. Los hijos aprenderán de los padres y transmitirán el fuego: en un sentido literal, la bondad del niño; en un sentido simbólico, quizás la humanidad. Esta necesidad se constata en el encuentro de los protagonistas con el único personaje con nombre, Ely –tal vez en alusión al profeta Elías que anuncia el regreso del Mesías--, un peregrino misterioso con el que el padre mantiene una enigmática charla sobre Dios y la naturaleza del chico.
En la novela se observan dos recursos recurrentes: los contrastes y los símbolos. Un contraste fundamental se produce entre la idea principal sobre la que gira el argumento y su contexto. Al encuadrar la expresión del amor del padre y el hijo en un escenario angustioso, el peor de los posibles, se resalta la expresividad del sentimiento y el resultado es espectacular, equiparable a contemplar un cuadro de Turner en un vertedero. Además, se observa un marcado contraste en diferentes recursos estilísticos, por ejemplo entre la descripción minuciosa de las tareas manuales intrascendentes que realiza el padre, de las imágenes postapocalípticas y de la situación inalterables y reiterativas (frío, hambre, ceniza, miedo, huida, escondite) con la narración minimalista de las acciones; cuanto más truculentas son, menos se describen. Ello produce la sensación de que lo que importa es el momento; de invariabilidad, desolación e impotencia casi permanentes; y de catarsis, especialmente cuando se narran hechos espeluznantes. El uso de frases muy largas separadas mediante la conjunción y, sin signos de puntuación, contrasta con la utilización de frases muy cortas, sin verbos conjugados; con los diálogos simples, asimismo minimalistas y repetitivos; y también con las reflexiones brevísimas e impactantes del padre. Esta oposición transmite de nuevo una impresión de desesperación y angustia, y hace que se experimente el movimiento a través de la carretera, la sensación de recorrer un camino. Los diálogos y las reflexiones minimalistas abren un paréntesis en ese fluir, muy conveniente para la autorreflexión. Por último, el texto se organiza sin capítulos, en párrafos al estilo de estrofas con una fuerte musicalidad y emotividad, y una belleza extraña que confiere al texto un ritmo y un lirismo casi poéticos, que contrasta con el uso de un lenguaje angustioso o antiestético a veces, y con la extremada dureza de lo que se narra. Todo ello confiere a la trama un pulso narrativo trepidante y una expresividad máxima.

Además, la novela sugiere más de lo que cuenta. Por ejemplo, se observa un interés nulo por proporcionar datos de los personajes, cuya psicología a veces resulta incoherente y su pasado se conoce a través de escasas pinceladas de introspección; y la situación no se detalla: cuál fue el holocausto o por qué se produjo. Incluso resultan inverosímiles muchas escenas, como la imposibilidad de mantener vivos a seres humanos para comérselos porque necesitan comer; el que un hombre famélico sobreviva sin medicamentos con las extremidades arrancadas y cauterizadas; la facilidad con que padre e hijo abandonan un búnker lleno de comida y agua; o que en él no haya armas y sí numerosa munición. Parece que al autor no le interesa dotar de verosimilitud a su relato, ni a sus personajes, ni a las situaciones, ni a su final, sino que ha creado símbolos. Así, La Carretera puede verse como una alegoría, como una parábola. Y en eso demuestra en parte su genialidad porque admite varias lecturas: la de un relato con tintes de ciencia-ficción y también la simbólica. ¿Son anónimos el padre y el hijo porque personifican a todos los padres y a todos los hijos?, ¿es la carretera el camino que recorre el hombre para trasladar su humanidad a sus descendientes a pesar de los caníbales?, ¿no existe futuro para una especie que se coma a sus hijos? Los símbolos pueblan la novela en dos niveles: en lo físico y en lo espiritual, en el estilo y en el argumento. Por ello, a pesar de la contradicción patente en que un hilo argumentativo dominado por el pesimismo concluya con ese final, resulta coherente, porque causa el efecto que el autor parece buscar: obliga a reflexionar y deja vislumbrar una esperanza en el hombre y para el hombre, aunque también un aviso.

Por ello, la obra camina entre contrastes: entre contrastes en lo concreto y lo abstracto; en lo simbólico y lo real, en lo conciso y lo infinito, en lo que revela y lo que sugiere, en lo repulsivo y lo fascinante, en lo horrendo y lo bello, en la supervivencia y la piedad, en el miedo y la confianza, en el amor y el odio, en lo religioso y lo terrenal, en la simplicidad del hombre y en su complejidad. Entre contrastes camina esta novela por el camino, la carretera, que lleva hasta la revelación de una fe diferente, basada en uno mismo, en sus apegos y en sus sentimientos; en que, si Dios ha muerto, quedamos nosotros, nuestros valores y nuestras creencias, las que llevan a amar a otros y a uno mismo, a querer sobrevivir a pesar de... La Carretera es un camino personal, una alegoría iniciática de cada cual. Y es genial. Sí, lo es. Porque provoca pesadillas, pero aún así arrastra a concluirla, y porque quizás enseña a apreciar más la vida, lo que se es y lo que se quiere ser; pero, sobre todo, porque induce a amar más a quien se ama.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Novela "Escrita en tu nombre": primer capítulo

Capítulo I


Por fin conseguí tocarlo. Qué duro, hacía tiempo que no tocaba nada tan duro. Tal y como me lo había imaginado la primera vez que lo vi aparecer con sus pantalones negros deliciosamente ajustados y su sudadera gris, ceñida de necesidad, por la destartalada puerta del gimnasio. Duro como una piedra pero con probabilidad homosexual, tan de moda últimamente. Eso pensé, aunque esa opinión no fuera propia de mí: Malena para quienes más me quieren, Magda para algunos durante demasiado tiempo, Magdalena según mi partida de nacimiento y solo yo para mí misma. Y es que hacía mucho que yo no era yo misma. Gracias por haberte encontrado aun después de tanto tiempo. Sí, gracias por permitirte sentir, al fin.
Debe de ser la placidez que me invade después de haberme acostado con él. Tiene que ser eso, la enajenación postcoito, la felicidad inmoral que transpira cada célula tras haber follado, como diría sin vacilar mi querida Laura. Hasta escritoras con premios Planeta emplean la palabr…

Reseña de la novela "Escrita en tu nombre"

Quizás el destino lleva a encontrarse a Malena, una mujer divorciada que descubre que puede ser amada, y a Omid, un iraní exiliado que descubre que puede amar. Pero él es demasiado perfecto para ser de ella y ella demasiado insegura para creerse de él. Y ambos viven atormentados: él porque siente que debía haber muerto cuando consiguió escapar de su país a través de la frontera con Turquía, durante la cruenta guerra contra Irak; ella porque cree que jamás podrá ser feliz. Y tal vez será de nuevo el destino el que demuestre su existencia cuando la vida de ambos parezca estar escrita en sus nombres.

Además de las suyas, en "Escrita en tu nombre" se narran otras historias de desengaños y segundas oportunidades, de superación y muchísima esperanza. En ellas se muestra a seres humanos rebelándose contra aquello a lo que parecen predestinados; luchando contra la sensación de que todo lo que son, sus elecciones, sus anhelos y hasta sus nombres, les encamina sin remedio hacia una s…

Lo subliterario y la literatura literaria

Ando yo investigando últimamente esto de la subliteratura. Resulta que la literatura emocional tiene una connotación entre los entendidos que a mí se me escapaba. Al parecer, he usado un término sin tener consciencia de todos los colores que evoca.
Según dice Umberto Eco en su obra «La estructura del mal gusto», el término peyorativo Kitsch o literatura de masas (según la wiki, el arte considerado como una copia inferior de un estilo existente) se define como «comunicación que tiende a la provocación del efecto». Hay que ver qué poco se diferencia de lo que yo consideraba literatura emocional y que proclamaba como una de las aristas de mi escritura. Por eso, he de delimitar exactamente la diferencia entre la literatura que yo deseo hacer y esta subliteratura que denostan los eruditos. Este tipo de publicaciones se asocian a la industria de la cultura, al consumo masivo. Y su clasificación y su crítica genera no poca controversia. Pero lo que a mí me interesa realmente es responder a …