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Por qué defender tus derechos cuesta tanto

Acabo de regresar de baile. Creo que ya he contado que me cambiaron a la profesora. Despidieron a la antigua porque era cara y la nueva es barata y peor, o al menos así lo consideran los más de cincuenta alumnos que se han dado de baja desde que se produjo el cambio. Pero la crisis es lo que tiene, que con su excusa se busca desesperadamente abaratar todo y, claro está, la cultura no va a ser menos. Además, soy una persona que dice lo que piensa; no me paro a considerar si mi opinión es políticamente correcta o si me va a ocasionar problemas. Pum, si me preguntan sobre una cuestión que tenga clara, soy sincera. Así que mucha gente sabe que opino que han conseguido cargarse mi escuela.

Algunas de mis compañeras lo creen igual que yo, pero se callan en público y hablan de respeto a la nueva profesora y de darle una oportunidad. Yo ya se la di y , viendo los resultados, he cambiado a mi hija, que es un extrañillo bicho a quien entusiasma el baile español y odia a Hanna Montana, a otra escuela, mucho más cara y lejana pero más profesional que en lo que se ha convertido la nuestra.

Pero como mi aspiración es simplemente bailar y divertirme, yo decidí quedarme y esperar a ver si sucedía una de dos: o mejoraba la profesora o volvían a cambiar la empresa (porque al ser una escuela municipal, la empresa que la gestiona cambia cada pocos años). Eso sí, antes recogí muchísimas firmas entre los alumnos que, como yo, echábamos desesperadamente de menos a Maite, nuestra profe, para rogar al ayuntamiento que intercediera para que volviera. Y esto ha generado consecuencias.

Una profesora de baile suele tener mal genio y si no, se lo inventa, y la nueva ha concentrado hoy todo el suyo para intentar echarme de la clase delante de todas mis compañeras, unas muy amigas y otras simplemente conocidas, que miraban ofendidas unas, divertidas otras.

Y esto es solo por defender mis derechos. Y es que tengo derecho a opinar que la gestión de un servicio municipal está siendo pésimo por parte de la empresa adjudicataria y a decir que la antigua profesora era una profesional como la copa de un pino, pero eso no sienta bien. Sin embargo, asumo el precio de la sinceridad y de la valentía, por que lo que otras personas llaman falta de respeto hacia la nueva profesora, yo lo llamo falta de respeto hacia los ciento cincuenta alumnos a los que la que echaron inculcó el amor por esa cosa rara que es el flamenco, la guitarra y los palillos.

Y es que es muy difícil luchar contra lo que consideramos injusto o nos perjudica, porque al final siempre hay que dar la cara: la cara a una profesora cabreada que no acepta una comparación en la que sale perdiendo, a un jefe que te acosa, a un vecino que aparca siempre delante de tu puerta o a un inspector de educación que te dice que si no te gusta que el cole que te ha tocado no está terminado, te vayas al concertado, que no es muy caro. Pero yo seguiré haciéndolo, porque si no perdería algo mucho más importante y que valoro mucho más que aquello por lo que lucho: la dignidad.

Y esto me recuerda otra lucha, la de las míseras tarifas que pagan las grandes empresas de la traducción. A ver si tomo un poco de esa dignidad de que hablo y me planto un día de estos.
Feliz noche

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